Ansiedad: Cuando la mente no encuentra reposo

septiembre 1, 2025

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto

hasta que descanse en ti.”

—San Agustín.

Mi nombre es María de los Ángeles, tengo 19 años y hace un año compartí cómo Dios restauró mi identidad. Hoy quiero abrir otra puerta: contarte algo más íntimo. Este es mi testimonio sobre la ansiedad y cómo ha moldeado mi mente y mi fe.

En mi caso, la ansiedad empezó mucho antes de saber su nombre. Al principio se disfrazaba de vergüenza y de un miedo intenso a hablar con otros. Desde niña la sentía, pero fue durante la pandemia cuando descubrí que esa sensación de que mi corazón se desbordaba sin razón tenía un nombre. Con el tiempo, Dios fue sanando muchas heridas. La ansiedad social fue cediendo, pero no desapareció. Se transformó en algo más interno: una mente ansiosa que todo lo analiza, todo lo cuestiona y todo lo complica.

Vivimos en un mundo que celebra la productividad y la conexión constante, donde el silencio parece debilidad. Pero, ¿qué pasa cuando la mente se vuelve una prisión? Una mente que nunca descansa y un futuro que se convierte en una tormenta imposible de asimilar. Entre tantas dudas, muchas veces le grito a Dios. Le digo cuánto me pesa cargar con pensamientos que no sé cómo callar. Hay días en que siento que me hundo en un mar de preguntas sin respuesta, que no avanzo, que mi mente me arrastra a un lugar del que no puedo salir.

Un millón de pensamientos que no digo, noches enteras revisando si hice algo mal, si fallé en algo. Preguntas que me roban la paz y llenan mi rutina de una desesperanza silenciosa. A veces pienso que no debería afectarme tanto, que “todo está solamente en mi cabeza”. Pero si está solo en la mente, ¿por qué se siente tan real y agotador? Eso es vivir con ansiedad: no solo temer, sino vivir atrapada en una conversación que nunca se detiene. Y eso… cansa.

Queremos tener el control de cada resultado, olvidando que es Dios quien sostiene todo. En una cultura que exige autosuficiencia, admitir que necesitamos ayuda parece un acto revolucionario. Mi mente, muchas veces, me hace olvidar que cuento con un Padre que todo lo puede. Me siento sola, exhausta, con ese anhelo inmenso de encontrar paz, de poder respirar sin miedo al futuro, de volver a sonreír como la joven que Dios quiere que sea. Entre tanto ruido, olvido que Él me susurra: “Hija, no temas, que yo estoy contigo”.

Es difícil. A veces siento que nadie entiende. La gente suele mirar solo la superficie, sin saber que cada uno libra sus propias batallas internas. Pero ¿sabes quién sí comprende? Abba. Dios ha sido fiel. Nunca me ha dejado. Siempre ha estado ahí, limpiando mis lágrimas y recordándome que mi historia no termina en el miedo. Mientras el mundo nos invita a esconder las heridas, Dios nos llama a mostrarlas para que su gracia las transforme.

¿Qué he aprendido en esta lucha? Que sola no puedo. Que mi alma anhela algo que nada pasajero puede llenar. Que necesito a Dios con todas mis fuerzas. Que aunque parece que nada cambia, sí cambia, porque el enemigo siempre buscará convencernos de que todo sigue igual. Reconocer nuestra fragilidad no es derrota, sino el comienzo de la verdadera libertad.

Aun con el cansancio y esta mente que no se calla, elijo creer que no estoy definida por lo que siento, sino por Aquel que me sostiene. Mi historia termina en la certeza de que Dios sigue escribiendo algo bueno conmigo, incluso en medio del ruido. Hoy decido aferrarme a su promesa de paz, aunque mi mente diga lo contrario. Porque Él es más grande que cualquier pensamiento, y un día este mar que hoy me ahoga será testimonio de su fidelidad.

Si estás leyendo esto y te sientes atrapado en tu propia mente, quiero que sepas que no estás solo. No tienes que fingir que todo está bien. Sé que el pasado duele, que la tristeza pesa más de lo que a veces puedes soportar. Sé que la incertidumbre te hace sentir perdido. Tal vez tienes cicatrices que te recuerdan lo difícil que ha sido todo. Yo también he pasado por eso. Pero nada dura para siempre: ni el dolor ni la confusión. Dios siempre ha estado contigo, incluso en los momentos más oscuros. Poco a poco, las respuestas llegan y lo que hoy parece un peso imposible se convierte en una lección.

No estás solo. Aunque ahora no lo veas claro, hay un camino que te llevará a lugares mejores. Dios te ama más de lo que imaginas y nunca soltará tu mano. Entrégale tu ansiedad y tus pensamientos. Él va a encargarse de sanar tu corazón. Verás su fidelidad en cada paso y descubrirás que todo estará bien. Confía en Él.

Tal vez, igual que yo, en medio de esta ansiedad también has aprendido a clamar. Como dice el Salmo 18,6:

“En mi angustia invoqué al Señor;

clamé a mi Dios, y Él me escuchó desde su templo;

mi clamor llegó a sus oídos.”

A ustedes, padres: no den por sentado que sus hijos están bien solo porque sonríen. Esta generación crece bajo presiones silenciosas que muchas veces no sabe nombrar. Pregunten, escuchen, abracen. La ansiedad no siempre se ve, pero siempre se siente.

Y a ti, joven: no normalices vivir con el alma agotada. No creas que tu valor depende de tu imagen o tu productividad. Pregúntate si todo lo que hoy te consume vale la paz que pierdes. Tu voz importa y no necesitas callar tu dolor para encajar en un mundo que celebra apariencias y olvida lo esencial.

Porque ningún logro puede llenar el vacío que solo Dios habita. Si la ansiedad te roba la vida, vuelve tu mirada al único lugar donde el corazón encuentra reposo: los brazos de Papá.

Así que, sea donde sea que estemos, vivamos este Jubileo con alegría, con fe y con la certeza de que Dios nos llama a ser luz en medio de la oscuridad. Que nuestra vida sea testimonio de su amor y que nunca dejemos de ser peregrinos de la esperanza.

 

– María de los Ángeles Rosario Montás

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