Concluimos el tiempo de Navidad de este nuevo año litúrgico y en el inicio de este 2026, celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, donde se nos invita a mirar hacia el Jordán, donde Jesús se sumerge en las aguas, no para purificarse —pues Él no tiene pecado— sino para santificarlas y abrirnos el camino hacia la vida nueva. Este gesto, humilde y grandioso a la vez, nos recuerda que el bautismo no es un simple rito, sino un misterio que transforma radicalmente nuestra existencia.
San Pablo, en su carta a los Filipenses, nos regala una frase que puede iluminar esta reflexión: “Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia” (Flp 1, 21). No se trata solo de la muerte física, sino también de esa muerte interior que el Evangelio nos pide: morir a nosotros mismos, a nuestras actitudes egoístas, a todo lo que nos aparta de Dios. El bautismo es precisamente eso: muerte y vida. El verbo griego que origina “bautizar” significa “sumergir”. Sumergirse es morir, dejar atrás lo viejo, para renacer del agua y del Espíritu, como Jesús explicó a Nicodemo: “Hay que nacer de nuevo” (Jn 3,5).
Cuando contemplamos a Jesús en el Jordán, comprendemos que Él no necesitaba conversión, pero quiso solidarizarse con nosotros, asumir nuestra condición y mostrarnos el camino. El bautismo que predicaba Juan era un signo exterior de arrepentimiento y perdón, pero el bautismo cristiano instituido por Jesús es mucho más: es sacramento, es gracia, es participación real en la vida divina. Por eso, nuestra vida es Cristo. Solo Él, por medio del bautismo, nos engendra a la vida verdadera. Morimos al pecado y renacemos como hijos de Dios. En ese sentido, también el morir es una ganancia: morir a lo que nos esclaviza para vivir en libertad.
Este año, la Iglesia nos invita a recordar nuestro propio bautismo. ¿Cuándo fue? ¿Dónde? ¿Quién nos llevó a la pila bautismal? Más allá de la fecha y las fotos, lo importante es redescubrir lo que allí sucedió: fuimos sumergidos en la muerte de Cristo para resucitar con Él. Ese día comenzó nuestra historia como miembros del Pueblo Santo, la Iglesia. Y ser Iglesia significa caminar juntos, en comunión, como miembros de un mismo Cuerpo cuya cabeza es Cristo. Si la Cabeza es santa, también los miembros deben aspirar a la santidad. Pero esto no se logra solo con esfuerzo humano: necesitamos la gracia que la Cabeza hace brotar de este gran misterio, esa fuerza interior que capacita a los miembros del Cuerpo para amar, perdonar y construir armonía.
El bautismo nos configura con Cristo y nos hace partícipes de su misión. Por eso, no podemos vivir como si nada hubiera cambiado. El bautismo nos compromete a dejar atrás todo lo que nos aparta de Dios: egoísmo, indiferencia, violencia, superficialidad. Nos llama a revestirnos de Cristo, a inspirar nuestras decisiones en Él, a ser testigos de su luz en medio del mundo. Como decía San Pablo, “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20). Esa es la meta: que nuestra vida sea Cristo.
En este itinerario del 2026, hagamos un propósito concreto: volver a la pila bautismal, volver a la fuente. Ojalá y exista ese lugar fijo, donde pudiéramos reverenciar el don inmerecido, con un beso santo. De no existir, por lo menos reverenciemos el lugar, aquella iglesia en minúsculas donde fuimos incorporados a la Iglesia en mayúsculas. Renovemos nuestras promesas bautismales, quizá en la Vigilia Pascual, pero también cada día, cuando trazamos la señal de la cruz con agua bendita sobre nuestra frente. Que ese gesto no sea rutina, sino memoria viva: “He sido bautizado, pertenezco a Cristo, estoy llamado a la santidad”. Y que esta conciencia nos lleve a vivir con coherencia, dejando huellas de Evangelio en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra sociedad.
El bautismo es el inicio de una vida que no termina. Nos abre las puertas a la eternidad. Por eso, San Pablo podía decir con serenidad: “El morir es una ganancia”. Quien ha sido bautizado sabe que la muerte física no es el final, sino el paso hacia la plenitud. Pero también sabe que, mientras llega ese día, hay muchas muertes que abrazar: morir al orgullo, a la comodidad, a la indiferencia. Cada renuncia por amor es una pequeña Pascua, un anticipo de la vida eterna.
Que esta fiesta del Bautismo del Señor nos ayude a redescubrir la grandeza de nuestro propio bautismo. Que nos impulse a vivir como hijos de la luz, como discípulos misioneros, como constructores de comunión. Y que, al repetir con San Pablo “Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia”, lo hagamos con la certeza de que, en Cristo, todo lo que muere florece en vida nueva.
– P. Jacobo Lama Abreu
Y se el primero en recibir las últimas noticias y novedades de nuestra revista y website.