Siete notas musicales de santidad en san Francisco, por Yuan Fuei Liao

febrero 1, 2026

En todo este año, la Iglesia y el mundo celebramos los 800 años del tránsito de san Francisco de Asís, es decir, su paso de la vida terrenal a la eterna. El papa León XIV aprobó la primera exposición pública prolongada de los restos mortales de san Francisco, precisamente para este mes de febrero. Ocho siglos después, la figura del poverello sigue brillando con una luz que atraviesa continentes, credos y culturas. Francisco no fue un simple reformador religioso, sino un poeta del espíritu, un revolucionario de la ternura, un soñador que vivió su sueño con radicalidad y coherencia. Su vida y su mensaje no han perdido vigencia: en un mundo herido por la injusticia, la violencia y la indiferencia, Francisco sigue siendo una brújula que señala hacia lo esencial.

Esta conmemoración invita a mirar su vida en profundidad. ¿Qué rasgos definieron a este hombre aparentemente frágil, pero espiritualmente inmenso? ¿Qué características le permitieron producir un impacto tan profundo y duradero? Así como la música tiene siete notas básicas, encontramos siete notas de santidad en el camino espiritual franciscano:

  1. Amor radical

El corazón de Francisco no estaba en una devoción por la naturaleza o su espíritu de paz —aunque ambos eran consecuencias hermosas—, sino en su adhesión total a Cristo pobre y crucificado, por amor. Francisco no quiso ser simplemente un creyente; quiso ser imitador.

Un día, escuchó el Evangelio que decía: «No lleven nada para el camino: ni pan, ni alforja, ni dinero…» (cf. Lc 9, 3). Al salir, dijo: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que busco, esto es lo que deseo hacer con todo mi corazón».

Desde ese momento, vivió literalmente el Evangelio. Su amor a Cristo fue tan real que lloraba al meditar la Pasión. Al final de su vida, según la tradición, recibió los estigmas: las llagas mismas de Cristo se imprimieron en su carne. No fue un simbolismo, sino la expresión visible de su unión espiritual.

  1. Pobreza real y gozosa

Muchos admiran a Francisco como defensor de los vulnerables, pero él dio un paso más audaz: eligió ser pobre. Su pobreza no fue una estrategia pastoral ni un simple desapego: fue su forma de asemejarse a Cristo.

Uno de los hechos más reveladores fue cuando, al comienzo de su proceso de conversión, se abajó para abrazar y besar a un leproso —un gesto inconcebible en la época—. Aquel abrazo no fue solo caridad: fue el derrumbe de su antiguo yo, prisionero de los lujos y aspiraciones burguesas de Asís.

Cuando su padre lo llevó ante el obispo para reclamarle los bienes que había dado a los pobres, Francisco respondió quitándose la ropa y devolviéndosela: «Hasta ahora he llamado padre a Pietro Bernardone; pero de ahora en adelante podré decir: Padre nuestro, que estás en el cielo». La pobreza evangélica no es resentimiento: es libertad. Francisco descubrió que cuando uno se vacía de lo superfluo, encuentra el gozo puro de la libertad.

  1. Fraternidad universal en la creación

Muchos lo llaman «el santo de la ecología», pero su visión era aún más profunda: él veía en cada criatura un reflejo del Creador. No idealizaba la naturaleza como un fin en sí misma, sino como un puente hacia Dios.

Su Cántico de las criaturas, una joya de la literatura espiritual, nació en un momento de enfermedad y sufrimiento. Ciego, debilitado, casi sin fuerzas, Francisco proclamó su alabanza: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra, que nos sustenta y gobierna, y produce distintos frutos con flores de colores y hierbas».

Su vínculo con la creación inspiró relatos inolvidables: desde el lobo de Gubbio, al que amansó con un mensaje de paz, hasta su predicación a las aves, donde les recordó el amor con que Dios las cuidaba. Para Francisco, el mundo no era un recurso, sino una familia: hermanos sol, viento, agua, fuego… y hasta la muerte corporal, a la que llamó «hermana».

  1. Espíritu de paz y reconciliación

Francisco vivió en tiempos de guerras entre ciudades, conflictos entre nobles y campesinos, y cruzadas contra los musulmanes. En ese contexto, él eligió el camino de la paz.

Cuando quiso hablar con el sultán Malik al-Kamil en plena expedición cruzada, muchos lo consideraron ingenuo o suicida. Sin embargo, entró en territorio musulmán, desarmado, fue capturado y llevado ante el sultán. Allí no discutió, no impuso doctrinas: habló de Dios con respeto y humildad. El sultán quedó tan impresionado por su sinceridad que lo trató con honor y lo dejó marchar. Aquí Francisco es modelo de evangelizador.

Su saludo típico, «El Señor te dé la paz», no era un simple gesto, sino una declaración de misión, porque la paz no es ausencia de conflicto, sino fruto del corazón reconciliado con Dios, con los demás y consigo mismo.

  1. Humildad y sencillez en un mundo de autoexhibición

Francisco vivió la humildad no como resignación ni como negación de su dignidad, sino como un modo de situarse en la verdad: todo bien procede de Dios, y el ser humano encuentra su grandeza sirviendo y amando, no exhibiéndose. Su humildad fue luminosa, no triste; fue libertad frente a la necesidad de ser reconocido.

Un episodio significativo fue su decisión de no apropiarse del mérito de ninguna buena obra. Cuando le celebraban los milagros y conversiones que sucedían por medio de sus hermanos, él decía: «Dios podría haber elegido a los más sabios, pero quiso mostrar su poder en los débiles». Así protegía su corazón del orgullo y, al mismo tiempo, enseñaba a los demás que la verdadera fuerza nace de reconocerse pequeño ante Dios.

Hoy vivimos en una cultura obsesionada con la imagen: likes, seguidores, algoritmos, posicionamiento personal. Muchos luchan por demostrar valor a través de pantallas y estadísticas. En este escenario, Francisco sigue siendo contracorriente. Él no necesitaba ser visto: necesitaba ser verdadero.

En tiempos donde el ruido conquista, Francisco sigue enseñando el valor del silencio; donde lo virtual promete cercanía pero a veces produce vacío, él recuerda que la fraternidad nace del encuentro real y humilde; y donde se confunde ser con parecer, él proclama que la plenitud es ser pequeño para reconocer la grandeza de Dios.

Así, su humildad no es nostalgia medieval, sino una brújula para la era digital: menos egocentrismo, más nosotros; menos autopromoción, más servicio; menos pantalla, más presencia.

  1. Alegría contagiosa, nacida del espíritu

Carente, enfermo, calumniado a veces, incomprendido incluso por algunos de sus hermanos… y sin embargo, rebosante de alegría. Pero no de una alegría superficial, sino de la que nace de confiar plenamente en Dios.

Los relatos cuentan que cantaba mientras caminaba, componía versos improvisados y celebraba la vida incluso en la prueba. Cuando la pobreza se hacía extrema, decía que la «perfecta alegría» consistía en soportar las dificultades sin perder el amor.

Un día, según narra su compañero León, Francisco explicó: «Si al llegar a Santa María de los Ángeles, empapados por la lluvia y el frío, nos echan fuera con desprecio y nos golpean… si lo soportamos sin quejarnos, ahí está la perfecta alegría».

La alegría era para Francisco fruto de la libertad interior, del amor y de la certeza de que Dios lo sostenía.

  1. Sentido de comunidad y misión

Francisco no se quedó en la experiencia íntima: fundó una fraternidad. No quiso ser monje aislado ni líder autoritario. Soñó con una hermandad universal, una comunidad de iguales, sin privilegios ni rangos. Sus frailes eran llamados hermanos menores, para recordar siempre su lugar entre los pequeños del mundo.

Su misión era salir, escuchar, anunciar, sanar, reconstruir. No inventó grandes estrategias eclesiales; simplemente vivió la radicalidad del Evangelio, y eso incendió los corazones. También fundó, junto a santa Clara de Asís, la rama femenina de su espiritualidad, así como una fraternidad para laicos que vivían insertados en el mundo cotidiano.

En una carta escribió: «Donde hay amor y sabiduría, no hay temor ni ignorancia. Donde hay paciencia y humildad, no hay ira ni turbación». Su fraternidad aún vive en cada convento franciscano, en cada obra de caridad, en cada hombre o mujer que intenta seguir a Cristo con simplicidad y ardor.

 

Un legado para nuestro tiempo

Ocho siglos después, Francisco sigue inspirando porque su mensaje no pertenece al pasado: responde a las inquietudes más profundas del presente. En un mundo que idolatra la riqueza, él ofrece la pobreza como libertad. En tiempos de confrontación y violencia, él propone la paz dialogante. En una era en que se discute tanto sobre crisis ecológica, él enseña el cuidado amoroso de la creación. En medio de la soledad y el consumo, él ofrece fraternidad y sencillez.

Francisco fue un profeta sin armas, un poeta sin papel, un hombre que amó sin medida. Su vida fue música, y su corazón, una casa abierta. Al recordar sus 800 años de tránsito, no celebramos solo su pascua: festejamos la semilla viva que dejó, capaz de brotar aún, donde haya corazones disponibles. En el fondo, el mensaje de toda su vida podría resumirse así: «Para cambiar el mundo, primero hay que dejarse cambiar por el amor».

Que su memoria nos encuentre desnudos de vanidad, ricos en ternura, libres para servir, y llenos de la alegría de sabernos hijos del mismo Padre y hermanos de toda criatura. Hagamos juntos una melodía con siete notas musicales de santidad. ¡Paz y bien!

 

– Yuan Fuei Liao

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