«Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón». (Mt 6, 21)
A veces me detengo y pienso, con vergüenza y mucho dolor: ¿En qué momento nos acostumbramos a darle a Dios las sobras?
Hemos perdido de vista lo esencial; un Dios que baja del cielo y se hace carne por amor. No estamos siendo recíprocos, no estamos siendo honestos con nosotros mismos. ¿Acaso no merece Él toda nuestra atención?
Un amor que Él nos dio primero, entero, sin reservas. Estamos tan ocupados, tan centrados en “lo urgente”, que cuando llega el momento de servir, de amar, de entregar, de decir “aquí estoy, Señor”, solo queda cansancio. Solo queda apatía. Solo quedan restos.
Y cuando decimos “sí”, no lo hacemos por convicción, sino por compromiso. Creemos que hacemos favores, que cumplimos con alguien. Hemos hecho del servicio una costumbre, no un acto de amor.
Y mientras tanto, un Padre que lo dio TODO, que nos ama con locura, nos mira con paciencia, esperando el día en que entendamos que Él merece más que migajas; que nuestras vidas dependen de Él; que nuestro servicio no es al hombre, sino para Él.
Más de media hora al final del día. Más que un “si me da tiempo”. Más que una entrega a medias.
¿Dónde está nuestro corazón? ¿Cómo justifico darle las sobras a quien derramó hasta la última gota por mí? Todo esto me recuerda a la pregunta que Dios le hizo a Adán en Génesis 3: “¿Dónde estás?” también aplica para mí. ¿Dónde estoy? ¿A dónde tengo puesta mi mirada? ¿Será en Él o en las cosas terrenales?
Y aún en mis infinitas imperfecciones, Dios se vale de cada una de ellas para que, en medio de esas debilidades, pueda yo reconocer que sin Él mi vida carece de sentido y propósito. Que solo en Cristo soy verdaderamente libre.
“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.” -San Agustín
No te comparto esto desde un pedestal; te lo comparto desde mi realidad, desde mi comunidad, desde mi lucha personal. A veces veo cómo servimos sin fuerza, sin alegría, sin amor… cómo ponemos mil excusas… cómo acomodamos a Dios en el último renglón de la agenda. Y me pregunto: ¿Será que ya nos acostumbramos a un cristianismo cómodo? ¿Un servicio tibio? ¿A un amor diluido?
El mundo nos ha cegado tanto, nos ha distraído tanto, que no notamos lo que estamos perdiendo: La oportunidad de amar a Dios como Él merece.
Y a su vez, dejarnos transformar por ese amor. Y en ese silencio incómodo, sin excusas ni discursos, queda al descubierto la verdad: No es que Dios pida demasiado, es que yo le he dado muy poco. Pero hoy… hoy quiero volver.
Quiero poner a Dios primero, aunque el mundo me grite lo contrario. Quiero darle lo mejor, no lo que sobra. Quiero servir desde la gratitud, no desde el cansancio.
Porque al final, lo único que cambia mi vida… no es lo que doy, sino a QUIÉN se lo doy. Y Él —mi Padre, mi Señor, mi Todo— merece lo más grande, lo más puro, lo más mío. No migajas.
Y te invito a ti a hacer lo mismo: a reordenar tus prioridades, a preguntarte si de verdad vale la pena amar algo que, al final, no nos llevará a la salvación. No mañana. No cuando todo esté en orden. No cuando sobre tiempo.
Retorna tu mirada a Cristo y entrégale tu corazón. Su amor no tiene fin. Y eso basta para volver. “No tengan miedo. Abran de par en par las puertas a Cristo.” -San Juan Pablo II
– María de los Ángeles
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