“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto
hasta que descanse en ti.” —San Agustín.
La omisión es un tema que, aunque a menudo se pasa por alto, tiene un profundo impacto en nuestras vidas como jóvenes católicos. En un mundo lleno de ruido y distracciones, es fácil caer en la trampa de la inacción, donde no actuar se convierte en una elección. Reflexionar sobre la omisión nos ayuda a entender no solo sus consecuencias, sino también el llamado que Dios nos hace a actuar con amor y valentía.
La omisión puede manifestarse de diversas maneras. Por ejemplo, podemos dejar de ayudar a alguien que lo necesita o evitar hablar de nuestra fe en situaciones donde se podría marcar la diferencia. En muchos casos, la omisión no surge de la mala voluntad, sino del miedo, la pereza o la indecisión. Esto nos lleva a cuestionarnos: ¿Por qué a veces elegimos no actuar? ¿Es el temor al juicio de los demás lo que nos detiene? ¿O es que simplemente no vemos la urgencia de la situación?
La parábola del Buen Samaritano, narrada en Lucas 10, 25-37, ilustra perfectamente el peligro de la omisión. En esta historia, un hombre es asaltado y dejado herido al borde del camino. Tanto un sacerdote como un levita pasan de largo, eligiendo no involucrarse. Su omisión es significativa: al ignorar la necesidad de su prójimo, se pierden la oportunidad de demostrar amor y compasión. Solo el samaritano, un extranjero despreciado por su cultura, se detiene a ayudar. Esta parábola nos confronta sobre cómo, a menudo, nos comportamos como «los que pasan de largo».
La omisión tiene consecuencias, tanto para quienes son afectados por nuestra inacción como para nosotros mismos. Cuando elegimos no actuar, contribuimos a perpetuar el sufrimiento o la injusticia.
Cada vez que ignoramos una oportunidad para hacer el bien, cerramos una puerta al amor de Dios que podría fluir a través de nosotros. Además, nuestra propia fe puede verse debilitada. La inacción puede crear un ciclo de apatía que nos aleja de nuestra comunidad y de Dios.
En Santiago 4, 17 se nos recuerda: “Y al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado.” Esta advertencia nos desafía a tomar en serio nuestras responsabilidades como seguidores de Cristo. No basta con conocer el bien; debemos actuar. La omisión, entonces, se convierte en un pecado de omisión, un recordatorio de que somos responsables de nuestras acciones y de nuestras inacciones.
Como jóvenes católicos, estamos llamados a ser agentes de cambio en el mundo. Este es un llamado que requiere valentía y disposición para actuar. Cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar en la construcción del Reino de Dios. Esto puede manifestarse en pequeñas acciones cotidianas, como ofrecer ayuda a un compañero de clase, defender a alguien que está siendo menospreciado o simplemente compartir nuestra fe con aquellos que nos rodean.
Además, actuar en fe no siempre significa grandes gestos heroicos. A menudo, las acciones más significativas son las que se realizan en el día a día. En 1 Juan 3, 18 se nos dice: “Hijos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.” Este versículo nos anima a que nuestro amor se traduzca en acciones concretas.
También es vital recordar que no estamos solos en este llamado a actuar. La comunidad de fe es un recurso invaluable. Al rodearnos de otros creyentes que comparten nuestras convicciones, encontramos apoyo y motivación para no caer en la omisión. Cuando uno de nosotros se siente desanimado o temeroso, los demás pueden recordarle la importancia de actuar. Juntos, podemos identificar oportunidades para servir, apoyar causas justas y vivir nuestra fe de manera activa.
En conclusión, la omisión es un desafío que todos enfrentamos en diferentes momentos de nuestras vidas. Reflexionar sobre ella nos invita a evaluar cómo estamos respondiendo al llamado de Dios en nuestras vidas. Estamos llamados a ser luz en el mundo, a actuar con amor y compasión en todo lo que hacemos. Que no caigamos en la trampa de la inacción, sino que busquemos siempre oportunidades para hacer el bien.
Al final del día, recordar que nuestras pequeñas acciones pueden tener un gran impacto en el mundo es fundamental. Al elegir actuar en lugar de omitir, nos convertimos en instrumentos de la gracia de Dios, llevando su amor y esperanza a aquellos que nos rodean. Que cada uno de nosotros tenga la valentía de responder al llamado de Dios y de ser proactivos en nuestra fe, porque el mundo necesita la luz que solo nosotros podemos ofrecer.
– María Eugenia Read Toirac.
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