Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón;
Aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado.
(Sal 27, 3).
En el mes de marzo de este año, mi esposa sufrió durante varios días hipotensión. La llevé a la sala de emergencias de un centro médico. Acompañándola, sentado detrás de ella, viendo cómo tantas personas eran evaluadas en sus niveles de presión arterial, esperé que lo hicieran con el último paciente y una voz interior, muy sutil, aquella que me susurra consejos sin solicitárselos, me dijo —pide que lo hagan contigo también. Así lo hice. La doctora accedió y me preguntó:
— ¿Usted sufre de presión alta?
— No.
— Le sugiero que vaya al cardiólogo.
Atendieron a mi esposa. Permanecimos allí alrededor de cuatro horas. Regresamos a la casa y, a los pocos días, fui al cardiólogo. Efectivamente, padezco de “hipertensión”. La cardióloga, a la vez ecocardiografista, me practicó un
ecocardiograma y notó además que tenía un aneurisma en el corazón, aparentemente de nacimiento. El llamado “soplo”. Gran sorpresa para mí, pues en treinta y nueve años de edad nunca se me había diagnosticado eso. Luego me sometí a diversas pruebas médicas: mapa, eco cardio contraste, sonografías y demás.
El estudio médico eco contraste reportó que en mi corazón habían huecos que dejaban pasar gran cantidad de microburbujas desde las cavidades izquierdas a las cavidades derechas significando esto que mi aneurisma era grado cuatro (significativo).
Durante la conversación con la especialista, mi esposa estaba nerviosa porque lo anterior se traducía en cirugía para inserción de catéteres o cirugía mayor (corazón abierto). Algo serio, en verdad.
No les niego que, en un momento de la consulta, veía a la doctora y no escuchaba, muy especialmente después de la pronunciación de la palabra “cirugía”. Mi mente deambulaba en maquinaciones sobre el diagnóstico; sin embargo, permanecí en calma porque creo en Dios y confío en su Palabra. Al salir del consultorio, recordé a personas que tenían enfermedades y sufrimientos durante años.
Hace mucho tiempo, años en verdad, que no me sometía a una consulta médica, por gozar de buena salud. De hecho, la doctora repetía —todo esto resultó de un estudio fortuito— que la intención de la práctica del ecocardiograma no era determinar patologías, puesto que no había signos visibles de enfermedad; ella me hizo el estudio solo para descartar que tuviera alguna. Claro está: “Todo obra para el bien de los que Dios ama y le aman”. En mi vida he aprendido a dejar que la Mano de Dios actúe. Pensé: Dios me está enseñando a confiar en Él. Tenía fe en que todo iba a estar bien. Me decía:
—Lo superaré con la ayuda de Jesús. Él no me desamparará.
En razón de lo anterior, el viernes 17 de marzo del corriente año fui acompañado por mi esposa, a un instituto de cardiología a realizarme un estudio llamado ecocardiografía transesofágica para evaluar la magnitud de los dañosen mi corazón que había arrojado el ecocardio contraste.
Del día 13 al 17, hubo mucha ansiedad a mi alrededor, principalmente entremi familia, amigos y compañeros de trabajo. Estaban preocupados. Estábamos hablando de cirugía: cateterismo o de corazón abierto, palabras mayores… Entre todos mis cercanos me pareció inusual el comentario de un amigo que siempre me critica por mi fervor religioso y que los viernes me llamaba y me decía: — ¿Ya dejaste de rezar? ¿A qué hora es que comienzas a rezar?
Él es consciente de que cada viernes me quedo en mi casa con mi familia en oración, procurando un encuentro más cercano con nuestro Padre Dios; por eso, había intentado varias veces que yo dejara de hacerlo y que me fuera con él a beberme unos tragos. Le decía que no porque para mí es muy importante ese tiempo en familia con Dios. Dios nos ha sostenido y con Él me siento pleno. Por lo que, un día desistió y dejó de llamarme para salir los viernes.
Nos comenzamos a reunir algunos martes. Este amigo me dijo al enterarse de mi diagnóstico:
— No te preocupes, ten fe, no tengas miedo, ahorita no hay que operarte, la ciencia ha avanzado mucho.
Para la gloria de Dios, el día 18 de marzo, la cardióloga me escribió, algo inusual porque era sábado en la tarde. En ese momento compartía con mi esposa en la galería de mi casa. Charlábamos. El escrito decía:
— Puede jugar fútbol y hacer su vida habitual. Estuve analizando su caso.
No le respondí el mensaje por escrito. Raudamente la llamé y me dijo que mi riesgo era moderado y que enviaría mis resultados, de igual forma, al Dr. Pedro Ureña. Sentí como que ella misma no se lo creía.
El día de la ecocardiografía transesofágica mi esposa notó que la cardióloga salió de la sala de estudios, un poco turbada. Según me contó mi esposa, ella le había dicho:
— No visualicé lo que apareció en la ecocardiografía con contraste. Es algo grave… digo… ligero… bueno… Ya veremos…
Cuando salí del área del estudio, mi esposa me preguntó:
— ¿Estás bien? ¿Puedes caminar?
Todavía no se me había pasado completamente la anestesia. Le contesté:
— Si… aunque no es fácil cargar más de doscientas libras (refiriéndome a mí).
Una paciente que estaba allí, se rio, y nos fuimos.
En conclusión y para la gloria de Dios, “estoy sano”. Dios selló mi corazón con la sangre de Cristo. Un último estudio que se me practicó recientemente, lo confirmó. ¿Cómo pasó? En el intervalo entre el diagnóstico a la ecocardiografía transesofágica, asistí al retiro de Cuaresma de mi parroquia y alguien allí oró por mí… justamente aprisionando mi corazón con sus mano. Quien oró por mí, no conocía el diagnóstico.
En los días previos a la sanación, mi esposa me decía:
— Bueno… La doctora dijo que podía ser cateterismo… no necesariamente cirugía de corazón abierto y… eso es ambulatorio. Le ripostaba:
— O puede ser que ya Dios selló mi corazón y cuando me hagan el estudio, no encuentren nada.
Así pasó, “Dios me sanó”. He vuelto a jugar fútbol, a cargar pesas y a correr en el Mirador, para la gloria de Dios. Si lo hizo conmigo, lo puede hacer contigo. ¡Confía en Él!
– Raúl Lockward
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