Entre Rosas y Naranjos: un camino que nació del amor. Escrito por: Lissa Rosina Mejía Gómez

enero 21, 2026

El grupo de peregrinas Entre Rosas y Naranjos nació de una historia profundamente personal, tejida entre la memoria de una madre amada, la devoción mariana y esa manera silenciosa —pero firme— en la que la Virgen de la Altagracia guía los pasos de quienes acuden a ella.

El nombre surgió como un homenaje vivo y lleno de sentido: Rosas, por el nombre de mi madre, Rosa, y por las flores que la tradición asocia a la Virgen; y Naranjos, por aquel árbol en el que, según la tradición oral dominicana, apareció el cuadro de Nuestra Señora de la Altagracia. Era un nombre que contenía memoria, amor y misión, y se convirtió en el estandarte que hoy nos une en esta peregrinación.

La última alegría compartida

El 11 de marzo de 2022, día en que mi madre cumpliría 82 años, expresó un deseo sencillo y profundo: ir a la Basílica de Higüey y pasar un buen rato orando. Recuerdo con especial ternura sus intenciones y un gesto que se quedó grabado en mí: al entrar al Santísimo, Mami pidió a una feligresa ferviente que orara por ellas. Era su fe: sencilla, confiada, sostenida por la oración comunitaria.

Después visitamos el Museo de la Basílica, donde escuchamos cada explicación con atención. Allí descubrí, casi por providencia, un video sobre peregrinaciones y sobre la antigua iglesia de San Dionisio, un lugar del que nunca había oído hablar. No imaginaba que aquel descubrimiento silencioso sería una semilla para lo que vendría.

La herida inesperada

Diez días después, el 21 de marzo de 2022, acompañé nuevamente a Mami, esta vez al Museo Trampolín, donde participaría en la presentación de un proyecto de remodelación. Faltando pocos minutos para concluir su discurso, expresó que no se sentía bien y cayó al suelo. Un infarto agudo al miocardio, apagó su vida de manera inesperada.

Fue un golpe devastador: una ausencia que llegó sin avisar y que aún hoy marca un antes y un después.

Una promesa nacida del amor

El 11 de marzo de 2023, un año después, decidí volver a Higüey para asistir a misa, cumpliendo el deseo que Mami había tenido para su último cumpleaños. Ese gesto se convirtió en un pequeño acto de fidelidad: un homenaje hecho oración.

Meses después me enteré de que el padre Javier Vidal había regresado de Cuba y retomado su proyecto del Camino Altagraciano. Mami lo conocía desde finales de los años 80, cuando trabajaban juntos en la Obra Social y Cultural Sopeña: él era apenas un estudiante entonces. Aquella coincidencia me pareció otro guiño del cielo, como si el Señor, con delicadeza, volviera a unir hilos que no estaban sueltos, sino escondidos.

A inicios de 2024, sentí con fuerza el deseo de caminar hacia la Basílica el próximo 11 de marzo, día del cumpleaños de Mami. Quería llegar caminando como un acto de gratitud, duelo, entrega y esperanza.

Compartí la idea con algunas amigas, y no dudaron en acompañarme. Sé que la Virgen obra de maneras misteriosas, y siento que fue ella quien escogió a cada peregrina. Poco a poco, fueron sumándose otras mujeres que —de un modo muy especial, casi por señales providenciales— se enteraron del Camino. Bajo la guía del sacerdote, que ya contaba con un esquema cuidadosamente elaborado, el sueño empezó a tomar forma y se convirtió en comunidad.

 

 

 

El Camino Altagraciano: cinco días hacia el corazón de la Madre

El Camino Altagraciano se recorre en cinco días, caminando un total de 126 kilómetros. Es una ruta exigente, luminosa y profundamente simbólica. Inicia en el Santuario Cristo de los Milagros en Bayaguana, un punto de partida cargado de sentido: es el Hijo quien nos recibe y, como si nos tomara de la mano, nos conduce hasta su Madre. Desde allí, los peregrinos avanzan por campos y poblados de San Pedro de Macorís, Hato Mayor y El Seibo, hasta culminar en la ciudad de Higüey, casa de la Protectora del pueblo dominicano.

Un recorrido por la historia viva de la fe

A lo largo del Camino visitamos iglesias que son verdaderas custodias de historia y espiritualidad. Entre ellas, la recién inaugurada Iglesia María de la Altagracia de Hoyoncito, que para mí tiene un significado especialmente profundo: mi madre participó en febrero de 2022 en el primer picazo de su construcción, y tenía una ilusión inmensa con aquel proyecto.

Hoyoncito está, además, envuelto en una tradición muy especial: según la leyenda, fue allí donde un misterioso personaje entregó al padre de una niña la imagen de la Virgen de la Altagracia que ella había pedido. Tras la entrega, el hombre desapareció sin dejar rastro. Ese relato, tan arraigado en nuestra tradición oral, nos recuerda que la Virgen se manifiesta de manera cercana y providente.

Otra joya espiritual del Camino es la Iglesia de la Santa Cruz del Seibo, de estilo colonial, una de las más antiguas y queridas del país. Y ya cerca de la meta, hacemos una parada obligada en la Antigua Iglesia de San Dionisio, puerta histórica de la devoción altagraciana. Desde allí, los pasos se sienten más ligeros: avanzamos con el corazón emocionado hacia la Basílica de Higüey, donde nos espera el encuentro definitivo con nuestra Madre Protectora.

Dónde dormimos: la humildad como escuela del alma

Muchos se preguntan dónde dormimos durante el peregrinaje. La verdad es que todavía no existe una infraestructura pensada exclusivamente para el Camino. Pero esa falta nunca ha sido una limitante; al contrario, se ha convertido en parte esencial de la experiencia, porque nos envuelve en humildad, sencillez y abandono confiado.

Cada noche somos acogidos en lugares administrados por comunidades religiosas:

  • una escuela,
  • un asilo de ancianos,
  • una casa de retiro en medio de un batey,
  • y un monasterio.

Cuatro espacios distintos, cuatro ambientes que nos van preparando espiritualmente, como si cada uno fuera un pequeño desierto donde el alma aprende a confiar un poco más.

La rutina del peregrino: silencio, oración, comunidad

Los días comienzan temprano. Antes de que el sol pinte los caminos, iniciamos rezando juntos el Santo Rosario, seguido de una hora obligatoria de silencio. Ese silencio no es ausencia: es presencia. Es allí donde cada peregrina escucha su interior, sus heridas, sus intenciones y, sobre todo, la voz de Dios que susurra en lo profundo.

Al caer la tarde celebramos la Santa Misa, momento en el que descansan los pies, pero también el espíritu. Y al final del día hacemos un cierre comunitario, donde compartimos las experiencias vividas a la luz del eje espiritual del Camino. Cada año ese eje cambia: es la pauta que guía nuestra reflexión durante las largas horas de caminata.

Un trayecto exigente que transforma

El Camino es largo. El sol a veces pesa. El cansancio físico nos visita sin pedir permiso. Pero algo ocurre en esos pasos arduos: la debilidad del cuerpo se convierte en fortaleza del espíritu. Es como si cada kilómetro allanara un poco el corazón.

La Virgen nos abraza en nuestra intención de llegar hasta sus pies. Y allí, frente a ella, depositamos todo aquello que deseamos que lleve a su Hijo: nuestras alegrías, nuestras culpas, nuestros agradecimientos y nuestras súplicas. Ella, como Madre buena, intercede y nos da su fuerza.

Conclusión: un llamado a caminar acompañados

El Camino Altagraciano no es solo una ruta de 126 kilómetros: es un espacio donde Dios sale al encuentro y la Virgen nos toma del brazo para enseñarnos a confiar. Quien se atreve a dar el primer paso descubre que no camina solo. Cada tramo revela algo del alma, y cada cansancio trae un aprendizaje nuevo. Es un viaje exterior que, sin aviso, se convierte en un viaje interior.
Y hay algo aún más grande: la experiencia se vuelve plena cuando se vive en comunidad.

Caminar rodeados de personas que comparten la misma fe y la misma intención nos recuerda que en la vida real también necesitamos un equipo: una familia escogida, un grupo que nos sostenga cuando flaqueamos y celebre con nosotros cuando renace la esperanza.

En Entre Rosas y Naranjos hemos descubierto que la fe florece cuando se comparte; que la oración se hace más profunda cuando alguien camina a tu lado en silencio; que la fortaleza se multiplica cuando otra persona te sonríe y te dice: “Ánimo, un paso más”. Y que el amor de la Madre se siente distinto cuando lo vivimos en fraternidad.

Por eso, esta no es solo una invitación a caminar hacia Higüey: es una invitación a dejarse transformar, a abrir el corazón, a descubrir el valor de caminar juntos.

Porque en la vida —como en el Camino— llegamos más lejos, sanamos más hondo y crecemos más fuerte cuando lo hacemos de la mano de una comunidad que nos acompaña en lo alto, en lo bajo, en la luz y en la sombra.

Quien se anime a vivir esta experiencia no regresará siendo el mismo. Y esa es, justamente, la gracia que la Virgen regala: convertir cada paso en ofrenda, cada día en milagro y cada encuentro en un recordatorio de que nunca caminamos solos.

Abba, bendito y alabado.

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