La tarde del viernes 19 de octubre de 2007, mi hijo me dijo: “Mami, mira tengo una bola en el hombro (escápula izquierda)” … Asombrada le dije: “¿Con qué te golpeaste?”, él me respondió, “con la puerta”, a lo que sorprendida le dije que eso era imposible. Pero actué rápidamente, le estuve colocando hielo, suministrando antiinflamatorios durante tres días seguidos, y la hinchazón no cedía, pero tampoco presentaba dolor. Al día siguiente lo llevé al médico; luego de ser visto por el doctor y de que estaba la posibilidad de operarlo, decidí inmediatamente actuar y lo operaron de emergencia. Al terminar la cirugía, el doctor me llamó y me dijo que se trataba de un cáncer.
En ese momento, el mundo se me vino encima; había ido sola en la clínica con él, y no paraba de pensar acerca de cómo mi único hijo varón estaba pasando por algo así, sumado a que desde pequeño ya había padecido varias enfermedades (obstrucción en el píloro, signo nefrótico).
Para entonces, mi hijo estaba próximo a cumplir sus 15 años, y al hablarle sobre su situación me respondió que no deseaba someterse a ningún tipo de tratamiento hasta que no pasara la fecha de su cumpleaños. Luego de cumplir la petición de mi hijo, volvimos con el doctor, quien terminó refiriéndonos con una oncóloga, y ella procedió a realizarle una biopsia de médula para confirmar y ampliar su evaluación.
Durante el procedimiento lo dejé con su hermana mayor, y en medio de mi desesperación salí y llegué a la Casa de la Anunciación, ubicada en el Ensanche Evaristo Morales, del Distrito Nacional. Cuando entré, lo primero que notaron mis ojos, fue una Biblia que estaba abierta, y me aferré al mensaje que mostraba:
“Para mí,
nada es imposible”.
A partir de entonces, le entregué todo a Dios y descansé todas mis preocupaciones en Él.
Luego de varios estudios para evaluar si había otras áreas de su cuerpo afectadas, se determinó que el cáncer solo se encontraba alojado en su hombro izquierdo, sobre su escápula; se procedió con una cirugía, y se extrajo el tumor completamente. De inmediato se inició un proceso de quimioterapia, que duró unos siete meses. Siete meses que aunque como familia estuvimos sumergidos en una profunda tristeza, nunca dejamos de orar y de acogernos a la voluntad de Dios. Amigos y demás familiares, también se unieron a nosotros en oración.
Pasados los siete meses de las quimioterapias, el tratamiento continuó con unas 27 radioterapias. Y a pesar del dolor y de la tristeza de ver mi hijo así, por gracia de Dios, mi fe nunca flaqueó y tampoco puse en duda el trabajo que Dios estaba haciendo justo frente a mis ojos. Una vez concluido el tratamiento, en consulta con el doctor, se determinó el que debían retirar la parte afectada por completo.
Y de ahí volví a la “Torre de Control”, esta vez al Santísimo de la Casa de la Misericordia, en el sector de Manoguayabo, donde entregué nuevamente todo en las manos de Dios y en la misericordia infinita que Él tiene hacia nosotros. Y debo confesar que, sumado a la situación de salud de mi hijo, también me preocupaban los altos costos de los procedimientos, cirugías y tratamientos relacionados, puesto que mi familia en ese momento no contaba con las posibilidades económicas necesarias. No obstante, en medio de todo, la providencia de Dios fue tan grande que todas las dificultades que veíamos llegar, se resolvían por sí solas.
Pasada una segunda cirugía, fue entonces cuando mis ojos miraron de forma inabarcable hacia el cielo y no alcanzaban a agradecer a Dios por tanto amor y misericordia. Luego de una de las últimas revisiones en medio de la recuperación de mi hijo, el doctor nos dijo que ya no había rastro de nada maligno en su cuerpo y mi corazón se llenó de una infinidad de emociones, y entre lágrimas, solo podía repetir: «Gracias Dios, gracias por tu infinita bondad y misericordia.»
Es en este año 2026, 18 años después, me animé a compartir públicamente mi testimonio en esta revista, dando toda la gloria y las gracias al Dios todopoderoso, por escuchar mis súplicas, mirar nuestra necesidad y acudir a nuestro llamado. Gracias a su infinito amor, mi hijo hoy día goza de una increíble salud, y se me llena el corazón de orgullo al ver el gran hombre en que se ha convertido, como un signo y un milagro de Dios.
– Sonia Núñez
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