«Se necesitan sembradores de pies planos, y corazones encendidos de amor» por Hortensia Álvarez Méndez

septiembre 1, 2025

Hay una frase de la Biblia que viene a mi mente con frecuencia: “Sin mí, nada pueden hacer”. En las Sagradas Escrituras, como en una sagrada biblioteca, hay muchos libros y distintos géneros literarios. Sin duda, no todo lo que está escrito es para interpretarlo de manera literal. Pero esa frase contiene la más perfecta literalidad para mí: nada, absolutamente nada, puedo hacer que sea bueno, sin que Dios me respalde, sin su impulso, sin su inspiración.

Soy la debilidad que se deja usar por su omnipotencia;

tú también, y tengo pruebas.

El 14 de febrero, como regalo de San Valentín, me llegó una carta con la invitación a escribir este artículo para el mes de la Biblia, septiembre de 2025. Hace cinco años exactamente, nos reintegrábamos a una “presencialidad” con más miedo que otra cosa, a nuestra labor y en mi caso, como directora de secundaria tras el confinamiento por el COVID-19. Uno de esos privilegios que no pudimos retomar fue nuestra asamblea diaria junto con los estudiantes de primaria. Los chicos se sentaban en el suelo (no recuerdo en qué momento se tomó la decisión, pero “Dioscidencialmente” así mandaba Jesús a que lo escucharan). Desde los pequeñitos de primero de primaria hasta los chicos de 6to. de secundaria, cada curso, en filas, se sentaba, tan pronto sonaba el primer timbre, a escuchar la Palabra de Dios y una breve reflexión. Luego se ponían de pie, se izaba la bandera y se cantaba el Himno Nacional.

No nos dábamos cuenta de lo que significaba la libertad de poder compartir ese momento y estar tan juntos, hasta que tuvimos que vivir el distanciamiento.

Al regresar a clases luego del confinamiento, justo en septiembre de 2020, la realidad era otra. Estábamos enmascarados y había que proveer espacio físico alrededor de cada estudiante.

Fue en esos días que decidí grabarles un mensaje diario, con las lecturas y el Evangelio, y comentándoles algo para profundizar. Luego, escogía una canción, y mientras la escuchaban, tenían un pedazo de papel para escribir lo que el Señor pusiera en sus corazones. Todos los cursos de primero a sexto de secundaria realizarían esta actividad junto a sus profesores asignados.

Un pequeño problema: yo debía grabar diariamente, y no suelo ser la persona capaz de asumir un hábito y sostenerlo en el tiempo. Pero hace tantos años que vivo este enamoramiento eterno con el Señor, que empecé.

El buscar cada día la Palabra y orar por discernimiento al Espíritu Santo empezó transformándome a mí. Yo perdía la noción del tiempo, acompañando la lectura con mil y una historias y testimonios que me llegaban al pensamiento. Esas grabaciones a veces no eran de diez o quince minutos, sino de veinte y veinticinco. Mi oficina parecía un depósito de mensajes de colores.

La Palabra de Dios está viva, es lámpara, es un grito de amor; nos provee de una certeza tan grande de la cercanía de Jesús. Es como si se abriera una audiencia personal con el Maestro. En verdad, Dios, cuando nos pide algo, nos acompaña.

Un día, una profesora me comentó, a modo de chiste, que con el sueño que algunos de mis muchachos llegaban, los iba a matar con esas grabaciones tan largas. Yo, ni corta ni perezosa, esa noche, al grabar, comenté que lo sentía mucho por extenderme y quizás hasta aburrirlos.

Al día siguiente, uno de mis alumnos entró a mi oficina y, con mucha autoridad, me dijo: “Teacher, tú no puedes rendirte, porque no sabes el día que una palabra le cambie la vida a uno de nosotros”. Al poco rato, entró una niña y me dijo que “a ella sí le hacía mucho bien sacar ese tiempo para Dios”.

La Palabra de Dios está viva, es lámpara, es un grito de amor; nos provee de una certeza tan grande de la cercanía de Jesús. Es como si se abriera una audiencia personal con el Maestro. En verdad, Dios, cuando nos pide algo, nos acompaña.

La última vez que conté, eran varios cientos de grabaciones. Los frutos están evidenciados. Escuchar la Palabra juntos ha creado un vínculo espiritual entre todos, tan fuerte, que somos uno, más alineados que nunca, en medio de nuestra humanidad, a la voluntad de Dios.

Lejos han quedado los años en que el mundo se congeló por la pandemia. Hay días, los menos, que envío reflexiones en audio de páginas católicas por no haber podido grabar. Pero incluso en medio de un viaje a Londres con un grupo de estudiantes, mientras yo atendía unas obligaciones, ellos mismos me decían que iban a grabar la lectura y la reflexión para enviar a sus compañeros.

 

No podría compartir este testimonio si no estuviera tan asombrada de que la siembra fuera encomendada a la persona menos indicada para darle continuidad. En la parábola, tendría que haber dicho: salió la sembradora de pies planos, que le costaba madrugar, y que seguro se iba a distraer oyendo los pajaritos, desaconsejada para la misión; eso sí, con el corazón encendido de amor por el dueño de las tierras.

Es que la semilla germina por su naturaleza divina, y el hacedor del sol y la lluvia, solo Él, abre los corazones y, a su tiempo, todo florece. Hoy más que nunca, los jóvenes necesitan escuchar la verdad, enamorarse de la propuesta de Jesús, hacer vida la lectura de la Biblia y descubrir su fuerza transformadora.

A ellos, con el amor más profundo de mi alma, admirada por lo que estos ojos míos han visto, y para Gloria de Dios, dedico este escrito.

– Hortensia Álvarez Méndez

COMENTARIOS

¡Deja un comentario!

OTROS ARTICULOS
Inscríbete a Nuestro Boletín

Y se el primero en recibir las últimas noticias y novedades de nuestra revista y website.