Eran alrededor de las 7 de la noche del 17 de abril de 1998, cuando viví un encuentro con el Señor que me cambió la vida. Fue la primera vez que experimenté el Amor de Dios, en un retiro “Felipe”, donde me sentí una hija muy amada por el Señor.
Nací en Pueblo Nuevo, San Cristóbal y soy la mayor de 6 hermanos, incluyendo tres hermanos de padre. Fui bautizada a los 7 años y gracias a mi madre crecí en un entorno lleno de fe; ella nos llevaba a la catequesis, a grupos de oración y a las reuniones de la Legión de María. Estudié en el Colegio de las Mercedarias de la Caridad, donde me inculcaron el amor a la Virgen y, junto a mis compañeros de estudios, nos llevaban a visitar a los enfermos del leprosario.
Recuerdo “como primera intuición de una llamada” las palabras de Jesús en mi interior, a la edad de 8 años: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en tinieblas”. Más tarde comprendí que Jesús era y es mi única luz en las dificultades de la vida. Asistía a misa sin entender, en cuerpo estaba presente, pero la mente en otra parte, aunque cuando el sacerdote elevaba el Cuerpo de Cristo, yo lo miraba y sabía que Jesús estaba ahí.
A raíz de la experiencia en el citado retiro, el Amor de Dios Padre empezó a sanar mi corazón herido, pues desde mis 12 años llevaba la herida de la ausencia de mi papá. Por lo que, luego de tan maravilloso encuentro decía como Job: “Te conocía de oídas, pero ahora mis ojos te ven”. (Job 42, 5). Entonces, el Señor empezó a atraerme irresistiblemente en la Eucaristía, poniéndome el deseo de adorarle y de que otros experimentaran su gran amor.
Ese mismo año, en un encuentro eucarístico de jóvenes, nuestro obispo Mons. Freddy Bretón lanzó la pregunta que me traspasó: ¿Te sientes llamada a seguir a Jesús y consagrarte a Él? Tenía 19 años y estaba estudiando medicina; pensé: “El Señor me llama, así que dejaré la carrera”. No obstante, una buena amiga me aconsejó continuar hasta ver a dónde el Señor me llamaba.
Ha sido un largo camino, el Señor ha puesto acompañantes, especialmente a un sacerdote jesuita que me ayudó a discernir y a familiarizarme más con los carismas. Terminé la carrera y me fui a España para continuar estudiando, con el deseo de conocer acerca de la orden religiosa femenina “Las Adoratrices”, y dispuesta a dejarlo todo. En ese momento, en medio de mi búsqueda insistente, no fue posible contactar a una persona específica de esa orden; por lo que, frustrada, interpreté que el Señor no lo quería así. Recuerdo que le dije: “Señor, si es que tú no me quieres allí, está bien. ¡Guíame adonde tú quieras!”.
Mientras estudiaba pediatría, compartía mi vida con algunos hermanos de la “Comunidad Siervos de Cristo Vivo”. Mi fe y amor a Dios se mantenían vivos, pero en el aspecto vocacional, había como un “silencio de Dios”, y donde Él no parecía pedirme nada más. Hasta llegué a pensar que el Señor quería otra cosa y ponderé la posibilidad de formar una familia; pero no era eso.
El Señor me confirmó, en el silencio de una noche, que fui creada para Él: “Antes de que nacieras te consagré” (Jeremías 1, 5). Entonces comprendí que el tiempo es de Dios y que Él hace las cosas en su tiempo, no en el mío. A partir de entonces, dejé el trabajo, el apartamento donde vivía y me despojé de mis cosas. Dispuse todo, oraba y esperaba, segura de que el Señor me mostraría dónde me quería. Una mañana recibí sorpresivamente la llamada de una hermana, quien luego de ver un video en Internet sobre las Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada, y a quienes ella conocía desde niña, para decirme que sintió que ese era el lugar para mí. ¡Y era la respuesta que esperaba!
Al conocer la congregación y a María Emilia Riquelme, su fundadora, escuché la voz del Señor, como un eco en mi interior, confirmándome su llamada y a ser con Él, pan partido y compartido para mis hermanos.
Como misionera, me ha marcado la experiencia de la misión en Tijuana, México, en medio de los más pobres, los marginados y los migrantes que buscan una vida más digna, y que sufren dificultades inimaginables en su camino. Esto significó para mí ver a Cristo más de cerca, humillado y maltratado en quienes no tienen nada y viven en gran sufrimiento y marginación. Actualmente, estoy en Filipinas, viviendo con intensidad nuestra misión en Baseco, entre los más pobres. En esa realidad, descubro que allí el Señor me espera. Y junto a otras hermanas de misión, acompañamos a esas personas buscando una vida más digna para ellos; asistimos a los enfermos, con formación y programa de alimentación para los niños, compartiendo esperanzas y aprendiendo de ellos.
El Señor nos llama a ser como Él,
un buen samaritano que se compadece y alivia
el sufrimiento, es el don de cuidar del hermano.
Descubro que una de mis maneras de amar es
cuidar al otro, especialmente al más vulnerable.
Y esto es un don de Dios.
Le agradezco el don de su llamada. Ante tanto Amor, me reconozco vasija frágil en manos del Buen Alfarero; y a la vez bebo de su Fuente, del amor de Jesús en la Eucaristía. Y es así como ha brotado en mí el deseo de entregar plenamente mi vida para servir al Señor en los hermanos.
En el regazo de Jesús aprendo a ser discípula y misionera: su modo de amar, de entregarse y de dar vida, de cuidar y de sanar. Me asombra cada día cómo se nos entrega en un pedacito de pan partido y en un poco de vino, y nos da su vida entera como alimento y fuerza para vivir.
Agradezco mucho la Presencia Silenciosa de María Inmaculada en mi vida, mi Madre y guía, mi intercesora.
Me siento encendida por el mismo carisma que recibió nuestra Madre Fundadora, la Beata María Emilia y hago mías estas palabras suyas, queriendo vivir esta disponibilidad plena y abandono en el Señor: “Dios mío, aquí estoy; toma mis manos, átalas y llévame a donde tú quieras, más ven tú conmigo”.
– Raydel Rodríguez Caro, mss
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