Del dolor del Calvario al Domingo de Resurrección

octubre 1, 2026

Mi nombre es Leidy Mercedes de Pichardo, soy dominicana y resido en Allentown, Pennsylvania. Quiero compartirles acerca del calvario y de la resurrección que vivimos en mi familia, en torno a la historia de mi hija más pequeña, actualmente de 5 años de edad. Su nombre es Elena María.

En el mes de agosto de 2025, estando en la escuela preescolar, Elena comenzó a sentir dolores en su vientre. Transcurrió un mes y el dolor seguía, entonces la llevamos al gastroenterólogo. El médico le realizó una endoscopía y una colonoscopía, pero los resultados salieron normales, sin ninguna malignidad. Transcurrían los días y los dolores seguían; ella vomitaba y entonces, empezó a bajar de peso. En ese tiempo, yo estaba trabajando en una escuela, pero tuve que dejarlo. Elena ya no dormía, ni de día ni de noche; luego le practicaron un estudio de motilidad del estómago y descubrieron que padecía de gastroparesia. Es una condición médica en donde el estómago tiene muy poca movilidad, una especie de parálisis. La pusieron en tratamiento, entonces tuvimos que interrumpirle su período de escuela.

Sus dolores aumentaron y, asimismo yo, ya no tenía tiempo de hacer otra cosa que no fuera cuidarla. Ella lloraba todo el día y la noche. Por otro lado, María Teresa, mi otra niña, se empezó a enfermar de ansiedad ante los fuertes gritos de Elena. Había días en que llevaba a María Teresa a la escuela e íbamos todo el camino con Elena llorando; no tenía tiempo ni para comer ni para ninguna otra cosa, pues tenía que cargarla todo el día. Luego, comenzamos a buscar otras opiniones. Hicimos cita en Philadelphia, llamamos a Boston, pero el seguro no cubría; contactamos a algunos centros en República Dominicana, pero nos dijeron que era una enfermedad poco conocida para tratarla. Mis esperanzas se estaban apagando, ya teníamos 7 meses en la misma situación. En la sala de emergencias ya nos conocían, íbamos hasta tres veces por semana. Ella fue vista por más de 20 médicos y especialistas. Elena me dijo: “Mamá, mi vida se está yendo al cielo y tú vas a estar muy triste cuando me vaya”. En ese momento, mi corazón “se deshizo”. Luego, volví nuevamente por emergencias y uno de los doctores me dijo: “Dentro de un año ella tendrá algo peor”. Y literalmente, me derrumbé por completo; yo lloraba todo el día de angustia y, uno de esos días, en medio de mi impotencia le dije a Jesús: “Te olvidaste de mí”.

Días después, en un colegio católico donde Elena -Dios mediante- empezará a estudiar, conocí a la maestra Rosario. Ella se sentó conmigo, me pidió que le hablara de Elena, y yo empecé a hablar y a llorar al mismo tiempo; ella, sin saber, me dijo: Dios no se ha olvidado de ti. Sentí paz, aunque la enfermedad seguía allí. Ella me decía no dejes de rezar el Santo Rosario ni un solo día. Seguido de un fuerte abrazo, regresé a la casa con más esperanza. Entonces comencé a rezar el Rosario, pero Elena seguía mal. Ella siempre me pedía la canción de la hermana Glenda: El Señor es mi pastor; créanme, a veces se despertaba por las noches con dolores y había que ponerle esa canción porque ella decía que la aliviaba. Pasado un mes y medio, mi madre me dijo que escuchara la Misa que celebra el Padre Chelo, y que la presentara en el momento de la oración por los enfermos. Comencé a escucharla, lo hice por una dos o tres veces, pero mi niña seguía mal. Los doctores solo le aumentaban la dosis de medicina y nada más.

Al transcurrir alrededor de la sexta misa, recuerdo que empecé a escucharla mientras Elena lloraba. Me arrodillé mientras el padre Jesús, hermano del padre Chelo, decía: levanta tus manos, que está bajando tu milagro y todo espíritu de enfermedad saldrá de tu casa. Y allí sentí que desde el cielo bajó una armadura de fe y me la colocaron; entonces, llorando y en fe le dije a Jesús: “Señor voy a hacer tres cosas en tu nombre: la primera, eliminar la medicina de Elena; la segunda, quitarle la dieta; y la tercera, cancelar todas las citas. Al terminar la Misa, le pregunté a Elena: ¿cómo te sientes? Y ella me respondió: me duele. A lo que, revestida de una fuerza y de fe, le dije: en el nombre de Jesús, tú estás sana. Los días fueron pasando, y yo comencé a retirar la medicación; ya no tenía dietas y cancelé citas con gastroenterólogos, psicólogos, neurólogos y el especialista en motilidad del estómago. Los dolores iban bajando y una semana después Elena se levantó sonriente, y le pregunté por qué estaba tan feliz y ella me dijo: Mamá, la madre “María” se paseó anoche en la casa y fue al cuarto, puso sus manos en mi corazón y me dijo: Elena, me voy a quedar ahí en tu corazón».

Para la honra y gloria de Dios, hace alrededor de unos 4 meses que Elena ya no siente dolor, no lleva dieta y no toma medicamentos. Dios, en su infinito amor, nos regaló la paz. Yo lloro de agradecimiento cada día, y no puedo callar, no puedo dejar de testificar, pues ha sido un verdadero milagro y como tal es un tesoro que debe ser compartido. Tengo pruebas de las citas, de los videos de Elena con los dolores, también del diagnóstico. Y yo, que en medio de todo esto me encontraba en la oscuridad y alejada de Dios, quien luego del calvario me llevó al domingo de Resurrección, hoy solo quiero hablar de su gran amor y misericordia para con nosotros.

 

– Leidy Mercedes de Pichardo

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