El Evangelio según san Lucas, 1, 37 nos dice: “Para Dios, nada es imposible”, y es así. El domingo 13 de agosto de 2023, en la noche, a nuestro hijo más pequeño le dio una taquicardia fuerte. Yo logré calmarlo y él se durmió, pero al rato se despertó igual. Se le calmó y lo dejamos dormir. El lunes hice cita para llevarlo a la cardióloga pediatra porque nos pareció extraño este evento, pero más que nada, por prevención. Así que el jueves 17, lo llevé a consulta.
Al niño le hicieron primero el electrocardiograma, luego un ecocardiograma y mientras la doctora hacía el eco, empezó a decirle a su asistente: “Mira eso, mira. Grábalo, hazme una imagen de eso. Vamos, otra vez; ahora, cambia el contraste”. Y así estuvieron conversando alrededor de unos 25 minutos. Por lo que intuía que algo no estaba bien.
Cuando la doctora terminó, nos pidió que esperáramos afuera. Llegó un señor, entró al consultorio y al rato, unos 45 minutos después, nos llamaron de nuevo. Volvimos a la camilla y se le repitió el ecocardiograma, pero ahora con la supervisión de la persona que había entrado antes, y ellos estuvieron conversando. El niño, ya nervioso, preguntó: pero ¿qué es lo que está pasando? Le dije: ¡No pasa nada! Doctora, vamos a vestirlo y que él espere afuera, por favor.
Cuando el niño salió del consultorio, la doctora me presentó al técnico, a quien había mandado a llamar y me dijo que el niño tenía un aneurisma perforado, debido a que una cavidad de su corazón, que debió cerrarse en gestación, pero que no cerró. Me mostró el hueco en el monitor. Me explicó cómo tendría que estar y como estaba. Puso las imágenes, puso videos para que yo pudiera apreciar cómo pasaba la sangre de un lado para el otro, lo que el informe llamó: “Cortocircuito de derecha a izquierda”. Una vez más, me mostró la imagen a blanco y negro; luego la imagen a color. Me indicó en el monitor para que pudiera ver las micropartículas de sangre que salían de un pequeño orificio en ese saco, pues esa formación estaba “pinchada”; en el informe decía: “Fenestrada” (es decir, con abertura) y la medida del orificio.
Yo me mantuve callada, petrificada, tratando de entender o procesar el que mi hijo tuviera una malformación congénita en su corazón; pues realmente fuimos a consulta por prevención, y jamás imaginaba que me iban a decir que algo no estaba bien. Yo miré al técnico, buscando en su mirada que él dijera que no estaba de acuerdo, pero él asintió con la cabeza y dijo que se tomaron todo ese tiempo para analizar bien las imágenes y que él corroboraba el diagnóstico de la doctora.
Le dije: ¿Qué significa esto?, ¿qué se hace en este caso? Se deja así, me imagino, pues en sus 13 años él nunca ha tenido ninguna eventualidad relacionada con ello a excepción de la taquicardia de ese domingo. Y fue cuando ella se quedó mirándome, como si yo no hubiera entendido nada. Con calma me respondió: “mire madre, esto tiene que confirmarse con un ecocardiograma transesofágico, pero yo estoy 99% segura de que lo que le estoy diciendo. Es lo que ya escuchó.” ¿Dónde usted lo operaría? Preguntó la doctora.
Y yo: ¿Cómo?, ¿operarlo? Sí, que si lo operaría en o fuera del país, me respondió. Ahí sentí que las piernas me flaqueaban y se me quería salir el alma por la boca.
Yo le respondí: Pues, como usted bien explicó, ese diagnóstico debe ser confirmado con otro estudio y si hubiera que operarlo, incluso aunque fuese por laparoscopía o cateterismo. Tendríamos que evaluar muy bien, pues no vamos a tomar un riesgo innecesario con el niño. Ya en ese punto, yo temblaba, a lo que ella me corrigió: “No mamá, catéter no, esto sería una operación a corazón abierto, ya que no es posible por otra vía y no se puede dejar así porque está perforado y corre el riesgo de que esa sangre que se está filtrando, en algún momento se coagule y se forme un trombo que pueda ir a cualquier parte de su cuerpo. ¡Eso no lo podemos permitir!
En ese momento, yo tragué en seco y lo que quería era salir corriendo del centro. No escuché nada más. Me preparó la indicación para el otro estudio y nos fuimos. Cuando llegué a casa, mi esposo me preguntó que cómo nos había ido. Yo le había escrito por WhatsApp que estaba preocupada por “el entra y sale del consultorio”. Llorando, le empecé a contar y él empezó a llorar también y me callé… no pude seguir repitiendo. Lloramos un rato y le dije que tuviéramos fe, que para Dios nada es imposible. Si el Señor permitió que se descubriera esa situación era porque Él ya estaba en control. Mi esposo estaba inconsolable, en el fondo, y yo también.
A partir de ese día, empezó un viacrucis para nosotros. Empecé a orar, aunque siempre lo he hecho y a rezar el Santo Rosario, constantemente, pidiendo la intercesión de la Madre. Primero para conseguir en la mayor brevedad posible, la cita para el estudio y luego, para que un Dios que no abandona a sus hijos y que todo lo puede, obrara para cambiar ese diagnóstico.
Ese jueves fui a la Adoración al Santísimo en la parroquia de San Judas Tadeo (en Santo Domingo) y solamente lo miraba. Palabras no podía pronunciar. Decía: Jesús, hijo de David, ten compasión de mí. Conseguimos la cita para los estudios, aunque por protocolo del centro, teníamos que repetirle el eco y el electrocardiograma antes de hacer el transesofágico. Finalmente, el día 6 de septiembre, fuimos a realizarle los citados estudios, en compañía de mi esposo. Él, desde el día en que supimos la situación, no se despegaba del niño y oraba. En verdad, ambos, lo mirábamos desde otra perspectiva y estábamos muy asustados.
Entramos al centro y empezaron con los estudios. La doctora empezó a decirnos lo que estaba pasando y nos mostraba el aneurisma en el monitor. Ella le explicaba a mi esposo cómo una parte del área evaluada debía estar sellada, sin comunicación un lado del otro y cómo se formaba ese saquito que se inflaba y desinflaba dejando pasar la sangre de un lado para el otro, lo que confirmaba el temido diagnóstico. En este momento, me entristecí mucho, pues ambos esperábamos otra cosa, un cambio, una duda, una buena noticia.
Transcurrieron varias semanas de mucha oración. Recuerdo que en ese tiempo yo me estaba preparando para ser guía en un retiro de mi comunidad. Mientras rezaba el Santo Rosario, yo le decía al Señor: “Dios mío, tú todo lo puedes, sella con tu mano santísima ese orificio, se tú el cirujano de mi niño. Tú me lo diste y yo te lo entrego, devuélvemelo sano”.
El día en que se confirmó el diagnóstico fue un miércoles y nos pusieron cita para realizarle el otro estudio, el martes siguiente. Ya el niño estaba nervioso. Me decía: “¿Mami, qué pasa?, ¿qué tengo?” Y yo, con un nudo en la garganta, le decía: “No te pasa nada, tú estás bien, solo que hay que hacerte estos estudios por la taquicardia que te dio, pero él seguía preocupado y ansioso. Una noche yo le dije: ¿Tú quieres orar? Y él recostó su cabeza en mis piernas, yo puse mi mano sobre su pecho y oramos: En mi interior decía: “Señor, se tú el cirujano de mi niño, cierra con tu mano ese orificio”.
Ese martes nos levantamos a las 5:30 a.m. y fuimos a realizarle el transesofágico. Cuando se durmió por la anestesia, nos pidieron que saliéramos de la sala. Yo tomé mi Rosario y empecé a orar una vez más para que el Señor, por intercesión de su Madre, en su infinita misericordia, cambiara ese diagnóstico. Mi esposo me agarraba de la mano y yo con la otra, sostenía el Rosario.
Pasó media hora y nos llamaron. La doctora empezó a explicarnos: “Lo que en el eco nos parecía una cavidad interauricular presentando un aneurisma fenestrada con corto circuito de un lado al otro, eso no está. Esto que ven aquí es una red de Chiari” y puso el video donde se veía un hilito que conforme latía el corazón, se movía como un látigo que salía y entraba. Yo estaba agarrando a mi esposo por el brazo y lo apretaba porque yo ya sabía que el niño no tenía nada, que el Señor había cambiado el diagnóstico. Entonces, mi esposo preguntó: ¿Qué significa eso? Y yo le dije: ¡Que no tiene nada! Se nos aguaron los ojos y nos miramos. La doctora entonces le respondió: “Que el niño está sano, no tiene nada. Ese hilo es una membrana embrionaria que quedó ahí desde su nacimiento y con eso no se hace nada, ni representa ningún peligro”.
La doctora salió del cubículo para llamar a unos estudiantes residentes y mostrarles las imágenes, pues ella estaba sorprendida; y yo les dije:
“Vengan, vengan a ver cómo el Señor
cambia un diagnóstico”.
Ella me miró asombrada, tal vez por mi expresividad al yo decirles eso, con tanta seguridad. Para la mayor gloria de Dios, salimos de ahí felices y alabando al Señor. ¡Jesús está Vivo! Me faltarán días de mi vida para alabar y dar gracias a Dios. El siguiente fin de semana fue el retiro “ETC 80”. Llegué flotando, llena de gozo y gratitud a servirle en el retiro a mi Dios. En la Eucaristía de cierre, lo pusimos en las intenciones como acción de gracias, y cuando el niño escuchó su nombre, se sorprendió. Toda la gloria y toda la honra sean para Dios.
Jesús respondió: ¿No te he dicho que, si crees, veras la gloria de Dios? (Juan 11, 40)
– Yozara Checo de Delance
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