Sábado Santo: «Volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto”.
El Sábado Santo es el día del gran silencio. Jesús está en el sepulcro. Todo parece haberse terminado. Pero en ese silencio late una esperanza. Las mujeres, que habían visto cómo Jesús era sepultado, regresan muy temprano con perfumes. Quieren honrar su cuerpo. Pero encuentran la tumba vacía. Y escuchan el anuncio: “No está aquí, ha resucitado”.
Ante esta noticia, “volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto” (Lc 24,9). Ellas, las primeras testigos, no se guardan la experiencia. La comparten. La proclaman. No comprenden todo aún, pero ya creen. Porque han encontrado no una explicación, sino una presencia. La fe es razonable, pero no se alimenta solo de lo racional, surge y se alimenta de experimentar lo trascendente encarnado que no se agota en la historia.
El Sábado Santo nos enseña a esperar cuando todo parece perdido. A confiar incluso en la oscuridad. Es el día de la fe más pura, la que no se apoya en lo visible, sino en la promesa. María, la Madre, es el icono de este día. No dice nada, no corre al sepulcro, pero espera. Cree sin ver. Su fe sostiene a toda la Iglesia.
La Vigilia Pascual rompe el silencio con la luz del cirio, pequeña y frágil, pero que, con nuestra disposición se propaga iluminándolo todo. Cristo ha vencido. La muerte ha sido derrotada. La tumba no es el final. Y los que creemos en Él, estamos llamados a volver del sepulcro también, a salir de nuestras tumbas personales —del miedo, del egoísmo, de la desesperanza— y anunciar con nuestra vida que el amor ha triunfado.
El Sábado Santo es la invitación a ser testigos. No tanto con discursos, sino con una vida encendida. A decir con hechos que hemos visto al Señor, que su amor nos ha alcanzado, que la alegría es más fuerte que la tristeza.
Vivido con ese sentido de comunión con el que padece, pero resucita el Triduo Pascual es un camino hacia el corazón de Dios. Nos enseña a mirar como Jesús, a servir como Él, a cargar nuestras cruces con sentido, y a esperar con fe en medio de la noche. Cada día tiene su luz, su silencio, su enseñanza. Pero todos apuntan a la misma verdad: el amor no muere, el amor se entrega, se eleva y resucita.
No vivamos estos días como simples tradiciones, como bonitas coreografías que rompen la monotonía. Dejemos que nos hablen, que nos incomoden, que nos transformen. Que al salir del Cenáculo, del Gólgota y del sepulcro, seamos otros. Más humildes, más humanos, más llenos de Dios.
Que esta Pascua nos encuentre con los pies dispuestos a caminar con el hermano, con el corazón dispuesto a perdonar, y con la boca dispuesta a anunciar: ¡Ha resucitado, y vive en medio de nosotros!.
– Fray Diego Rojas, O.P.
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