¡En Ti confío! por Raúl José Arderí García, S.J.

junio 26, 2025

Para muchos de nosotros la solemnidad que hoy celebramos está unida a una sencilla oración que aprendimos desde niños: Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío. Esta frase corta y precisa encierra un elemento esencial que nos puede ayudar a comprender en qué consiste la devoción al Sagrado Corazón y por qué esta práctica sigue siendo tan actual como hace 350 años. Este secreto se puede resumir en una frase: confiar en el amor de Dios.

La historia del Sagrado Corazón tiene sus orígenes en los siglos XI o XII. Los cristianos, desde entonces, meditando sobre el costado abierto de Jesús (cf. Juan 19,34) vieron en esta imagen un signo de la bondad divina por toda la humanidad. En 1673, una joven francesa de la Orden de la Visitación, Margarita María Alacoque, recibió el regalo de contemplar a Cristo con un corazón ardiente de amor y esta visión la llevó a querer corresponderá a ese amor con igual intensidad.

Cuando Margarita María murió en 1690 sus escritos y la devoción al Sagrado Corazón comenzaron a propagarse hasta convertirse hoy en una de las fiestas más populares de toda la Iglesia. No obstante, el contexto religioso en que vivió Margarita hacía que su experiencia de fe se considerara sospechosa o al menos poco recomendable. En la Francia de aquella época era muy popular el jansenismo, una doctrina rigorista que predicaba una divinidad severa que exigía grandes sacrificios. Los sentimientos respecto a Dios que estas ideas provocaban eran una mezcla de respeto, distancia y una gran dosis de miedo. Al contrario, el mensaje de Margarita invitaba a acercarse a Jesús con confianza y a dejarse abrazar por su amor. Esta espiritualidad se reflejaba sacramentalmente en la comunión mensual, una práctica que hoy nos puede parecer extraña porque estamos habituados a realizarla cada domingo. No obstante, desde hacía varios siglos la Iglesia recomendaba hacerla al menos una vez al año y muchos se acercaban muy raramente al altar.

El Corazón de Jesús nos revela el mensaje central de la fe cristiana que da sentido al resto. Dios viene a nuestro encuentro para salvarnos, porque nos ama y quiere restablecer la amistad con nosotros que el pecado había roto. No existen otras intenciones ni agendas ocultas. La encarnación, muerte y resurrección del Señor no están movidos por otro sentimiento que no sea una pasión desbordante por toda la humanidad y por cada hijo e hija de Dios en particular, sobre todo por los más vulnerables y pecadores. El apóstol Juan expresó esta convicción en su evangelio: tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no muera sino tenga vida eterna (Juan 3,16). San Pablo, por su parte, reconociendo su pasado como perseguidor de los cristianos y viendo la misericordia divina en su camino, da testimonio que este amor es más fuerte que cualquier poder en la creación y del que nada ni nadie nos podrá apartar (Romanos 8,35-37). Se trata de un amor gratuito, incondicional, que no se merece ni hay que ganárselo, sino que se recibe confiadamente y se agradece, y por ello cambia la vida.

Descansar en el amor misericordioso de Dios pudiera parecer, como en tiempos de Margarita María Alacoque, rebajar las exigencias de la fe y pensar que todo está permitido. Al contrario, nada compromete más la propia existencia que una relación de amistad verdadera que se valora y por ello se cuida y se hace crecer. La diferencia radical está en que no es el miedo ni la angustia lo que nos mueve en nuestra relación con Dios, sino la confianza que nos permite recomenzar siempre y acoger a tantas personas (todos, todos, todos diría el papa Francisco) que también tienen espacio en el Corazón de Jesús.

En esta solemnidad pudiera ayudarnos rezar esta plegaria compuesta por un jesuita francés del siglo XX, científico y teólogo, que conoció el éxito de grandes descubrimientos, pero también el fracaso de sus proyectos, la incomprensión de sus hermanos e incluso el destierro. En medio de todas estas vicisitudes tuvo claro que bastaban dos actitudes para permanecer firme: adorar y confiar.

 

Adora y confía

No te inquietes por las dificultades de la vida,

por sus altibajos, por sus decepciones,

por su porvenir más o menos sombrío.

Quiere lo que Dios quiere.

Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades

el sacrificio de tu alma sencilla que,

pese a todo,

acepta los designios de su providencia.

Poco importa que te consideres un frustrado

si Dios te considera plenamente realizado,

a su gusto.

Piérdete confiado ciegamente en ese Dios

que te quiere para sí.

Y que llegará hasta ti, aunque jamás lo veas.

Piensa que estás en sus manos,

tanto más fuertemente cogido,

cuanto más decaído y triste te encuentres.

Vive feliz. Te lo suplico. Vive en paz.

Que nada te altere.

Que nada sea capaz de quitarte tu paz.

Ni la fatiga psíquica. Ni tus fallos morales.

Haz que brote,

y conserva siempre sobre tu rostro,

una dulce sonrisa,

reflejo de la que el Señor

continuamente te dirige.

Y en el fondo de tu alma coloca,

antes que nada,

como fuente de energía y criterio de verdad,

todo aquello que te llene de la paz de Dios.

Recuerda:

cuanto te deprima e inquiete es falso.

Te lo aseguro en el nombre

de las leyes de la vida

y de las promesas de Dios.

Por eso,

cuando te sientas apesadumbrado, triste,

adora y confía.

 Teilhard de Chardin

 

– Raúl José Arderí García, S.J.

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