En diciembre de 1981, John y yo llegamos a la Romana, República Dominicana, para hablar con el Padre Emiliano. Lo que más nos impactó fue la gran sencillez de este sacerdote canadiense, sentado en una silla de paja en el zaguán de la parroquia de San Pablo. Nos hizo sentir inmediatamente muy cercanos, como de la familia, con su amplia sonrisa y su mirada tan transparente.
Esta impresión confirmaba la que ya habíamos vivido en el Encuentro Nacional de la Renovación Carismática, en el Estadio Olímpico de Santo Domingo, cuando nos pidió dar testimonio ante una multitud de unas sesenta mil personas.
La seguridad que sentíamos junto a él era tal que los acontecimientos más grandes se convertían en algo tan normal que ni te cuestionabas si estabas hablando con él a solas o si estabas ante una multitud que no podías abarcar.
Fue en ese verano de 1982 que, al volver de su gira misionera por Europa, nos dijo: “mañana nos iremos a la playa para hablar de nuestra futura comunidad”.
Llegamos a la playa Minitas, en la Romana, y nos sentamos junto al mar. El padre pidió unos refrigerios para cada uno de nosotros y, sin más, empezamos el diálogo tan deseado sobre lo que debía ser la Comunidad Siervos de Cristo Vivo. Allí, ante el mar abierto, acariciados por la brisa suave del Caribe, tuvimos aquel diálogo de corazón a corazón sobre los planes del Señor. Ese encuentro puso un sello muy grande entre nosotros, estrechando unos lazos de amistad muy especiales. Por primera vez, pero no por última, el padre Emiliano nos hizo sentir una experiencia de cielo y tierra.
Fue un hombre tan humano, y a la vez tan de Dios. Tan grande y tan pequeño. Su visión fue como un océano infinito, pero su sencillez fue siempre como la de un niño que encuentra todo cercano y a su alcance.
Su fe firme y sencilla marcó nuestra vida espiritual. En la mesa del comedor nos hacia reír a carcajadas con una cadena inagotable de cuentos y anécdotas. Al regresar de cada misión, dentro o fuera de la República Dominicana, llegaba con innumerables testimonios de lo que el Señor había hecho a través de la evangelización y de la oración por los enfermos. Nos hacía arder el corazón cuando nos contaba de la misericordia sin límites de Dios, sanando y transformando corazones.
Cada signo y manifestación del Espíritu eran para el padre algo nuevo, y cuando no los contaba, nos hacía vivir la sorpresa y la alegría suya al ver actuar la mano de Dios como si fuese algo inédito y nunca esperado.
En una ocasión en México, durante la Eucaristía, el padre Emiliano no bajaba del altar para dar la Comunión a la multitud y se encontró con un niño en los brazos de su madre. Se sintió impulsado a darle un beso y siguió adelante. Más tarde, la madre dio testimonio de cómo su hijo fue sanado a través del beso del padre Emiliano. De vuelta a Santo Domingo, el padre, admirado, comentó sobre la originalidad del Señor que sanaba con un beso.
El padre Emiliano fue un hombre de Dios, unido a Cristo Vivo y de una fe gigante. Sin embargo, tenía el corazón de un niño que siempre esperaba las sorpresas de Dios.
Dejó grabado algo grande en nosotros: su gran amor a la Eucaristía. Siempre insistía en orar por los enfermos dentro del contexto de la Eucaristía, insistiendo que quien sanaba era el Señor. Siempre proclamó que él no era capaz de sanar ni un dolor de muelas. Constantemente nos recordó a los Siervos cual era nuestra primera vocación: “Estar a los pies del Maestro”. Conservamos aquella frase que se recibió el 21 de julio de 1998 en Castellón, España, mientras adoraba a Jesús Sacramentado en la capilla de la Casa Magníficat: “Si un día ustedes descuidan la adoración del Santísimo, su comunidad comenzará a desmoronarse”.
Tantas veces en la celebración eucarística contemplamos sus ojos fijos como si fueran extasiados ante la Hostia Consagrada que elevaba después de la Consagración. A menudo insistía que no era posible evangelizar si antes no pasábamos tiempo escuchando al Señor que nos esperaba con amor en el silencio del Sagrario “como un amigo espera a su amigo”.
Una de las cosas que más recuerdo era cuando llegábamos a la capilla y lo encontrábamos con su breviario recitando la Liturgia de las Horas o con sus ojos fijos en Jesús expuesto en la custodia, adorándole. Al fin y al cabo, el secreto de la vida del padre Emiliano Tardif, MSC fue su amor incondicional por Dios, el amor a la Iglesia, a su Congregación, a la Comunidad y al mundo entero.
Recordamos, sobre todo, su amor por los pobres y por los que sufren. No le importaba el cansancio o los caminos difíciles. Si hacía falta un poco de amor o consuelo, él se ponía “en camino” ya fuera en burro o en avión. Así vivió el lema principal que recibió el 28 de noviembre de 1982 al inicio de nuestra Comunidad Siervos de Cristo Vivo: “El que mucho ama es capaz de hacer grandes sacrificios por el amado”.
Bendigo al Señor, y doy gracias a Nuestra Señora del Sagrado Corazón por habernos regalado la oportunidad de compartir estos años juntos a un hombre de Dios: el padre Emiliano Tardif, Misionero del Sagrado Corazón.
– Nidia de Fleury
Comunidad Siervos de Cristo Vivo
Casa de la Anunciación, Santo Domingo
Fuente: Libro “Emiliano Tardif, un hombre de Dios”
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