¿Eres Buen Amigo? ¿Alguna vez te has visto en una situación en la que te preguntaste cómo llegaste hasta aquí?
Te cuento esta anécdota de un conocido. La llamaremos Juana. Juana siempre había sido una joven de fe. Desde niña asistía a la Misa con su familia y participaba en las actividades de su parroquia. Todo esto cambió con la llegada de unas nuevas amistades a su vida; estas llegaron como un soplo de aire fresco, pues le presentaron un mundo de nuevas experiencias.
Se reunían con frecuencia y, uno de esos días, el encuentro comenzó con normalidad, risas y música, pero pronto se dieron paso a discusiones sobre la religión. Sus amigos, de forma despectiva y con tono burlón, cuestionaban las creencias de Juana. «¿Por qué sigues yendo a la Iglesia? La fe es un invento», le decían. «La vida es solo una serie de momentos, ¿por qué desperdiciar tiempo en rituales antiguos?”
Al principio, Juana defendía su fe con convicción, pero a medida que pasaba el tiempo, comenzó a dudar. Las conversaciones sobre la religión se volvieron más frecuentes y agresivas, y Juana se sintió atrapada entre su amor por sus amigos y su devoción a Dios. Las actividades que antes disfrutaba, como asistir a la Misa o participar en actividades de la parroquia, se convirtieron en motivos de burla. «¿Vas a ir a la Misa de los domingos otra vez? ¡Vamos a la playa en lugar de eso!», le decían.
Un día, después de una acalorada discusión sobre la religión, Juana se sintió tan desilusionada que decidió no asistir a la Misa del domingo. La playa, la música y las fiestas se convirtieron en su nuevo refugio. Con cada fin de semana que pasaba, su fe se desvanecía un poco más, como un eco lejano que se perdía en el ruido de la vida que había elegido.
Sin embargo, una noche, mientras caminaba por la calle, se encontró con un grupo que salía de la iglesia. Se paralizó frente a la entrada y comenzó a llorar. Una mujer que salía, con una sonrisa serena, la miró y le dijo: «A veces, la vida nos aleja de lo que más amamos, pero el camino de regreso siempre está ahí, esperando por nosotros». Sus palabras resonaron en el corazón de Juana, haciéndola reflexionar sobre su vida y sus decisiones.
Esa noche, mientras sus amigos reían y bailaban alrededor de una fogata, Juana sintió un vacío que no podía ignorar. Se dio cuenta de que había sacrificado su paz interior y su conexión con lo sagrado por la aprobación de quienes la rodeaban. Miró las estrellas en el cielo y recordó las noches en las que oraba, sintiendo una profunda conexión con Dios.
Decidida a recuperar lo que había perdido, se levantó y se despidió de sus amigos. Esa misma noche, volvió a la Iglesia, donde una suave luz iluminaba el altar. Al entrar, sintió una paz que había estado ausente en su vida durante mucho tiempo. Se arrodilló y, con lágrimas en los ojos, pidió perdón por haberse alejado. En ese momento, comprendió que la fe era su ancla, su refugio en un mundo incierto.
Con el tiempo, Juana aprendió a equilibrar sus amistades y su fe. Aunque algunos amigos se distanciaron, otros comenzaron a respetar su decisión. Y mientras sus pasos la guiaban de regreso a la luz, descubrió que las verdaderas amistades no solo aceptan, sino que también apoyan y nutren el alma.
I Corintios (15, 33) nos invita a la reflexión:
“No se dejen engañar; las malas compañías corrompen
las buenas costumbres.”
La influencia de las malas compañías puede ser insidiosa, erosionando lentamente los valores y principios que uno ha cultivado. Al mantenernos cerca de quienes comparten nuestras buenas costumbres, reforzamos y protegemos nuestra integridad. La prudencia en nuestras relaciones es clave para preservar nuestra esencia y avanzar con firmeza en el camino correcto. No subestimemos el poder de la compañía en la formación de nuestro carácter.
Evaluemos las amistades que tenemos y estemos atentos a las personas que invitamos a nuestra vida. Que el mensaje que nos llevemos de esta reflexión no sea el de eliminar esas amistades, sino el de darles el lugar correcto conforme a nuestras prioridades. Debemos otorgar la verdadera importancia a la relación que realmente cuenta en nuestra vida: nuestra relación con Dios.
Pidámosle a Jesús que nos ayude a discernir y a elegir a nuestros amigos, como Él eligió a los suyos. No por conveniencia, sino por convicción; que no huyan cuando se aproxima la sombra de la cruz. Jesús no desea amigos que se aprovechen de Él para conseguir los mejores puestos en el cielo. Él quiere amigos humildes, pacíficos, de alma pura y libres de ataduras terrenales. Solo a estos acercará Jesús a su divino corazón.
– María Eugenia Read Toirac
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