OFICIO DE LECTURA

febrero 20, 2026

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Himno: ¡OH REDENTOR, OH CRISTO!

 

¡Oh Redentor, oh Cristo,

Señor del universo,

víctima y sacerdote,

sacerdote y cordero!

 

Para pagar la deuda

que nos cerraba el cielo,

tomaste entre tus manos

la hostia de tu cuerpo

y ofreciste tu sangre

en el cáliz del pecho:

altar blando, tu carne;

altar duro, un madero.

 

¡Oh Cristo Sacerdote,

hostia a la vez y templo!

Nunca estuvo la vida

de la muerte tan dentro,

nunca abrió tan terribles

el amor sus veneros.

 

El pecado del hombre,

tan huérfano del cielo,

se hizo perdón de sangre

y gracia de tu cuerpo. Amén.

 

SALMODIA

 

Ant 1. Nuestros padres nos contaron el poder del Señor y las maravillas que realizó.

 

Salmo 77 I – BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO ATRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

 

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,

inclina el oído a las palabras de mi boca:

que voy a abrir mi boca a las sentencias,

para que broten los enigmas del pasado.

 

Lo que oímos y aprendimos,

lo que nuestros padres nos contaron,

no lo ocultaremos a sus hijos,

lo contaremos a la futura generación:

 

las alabanzas del Señor, su poder,

las maravillas que realizó;

porque él estableció una norma para Jacob,

dió una ley a Israel.

 

El mandó a nuestros padres

que lo enseñaran a sus hijos,

para que lo supiera la generación siguiente;

los hijos que nacieran después.

 

Que surjan y lo cuenten a sus hijos,

para que pongan en Dios su confianza

y no olviden las acciones de Dios,

sino que guarden sus mandamientos;

 

para que no imiten a sus padres,

generación rebelde y pertinaz;

generación de corazón inconstante,

de espíritu infiel a Dios.

 

Los arqueros de la tribu de Efraím

volvieron la espalda en la batalla;

no guardaron la alianza de Dios,

se negaron a seguir su ley,

 

echando en olvido sus acciones,

las maravillas que les había mostrado,

cuando hizo portentos a vista de sus padres,

en el país de Egipto, en el campo de Soán:

 

hendió el mar para abrirles paso,

sujetando las aguas como muros;

los guiaba de día con una nube,

de noche con el resplandor del fuego;

 

hendió la roca en el desierto,

y les dió a beber raudales de agua;

sacó arroyos de la peña,

hizo correr las aguas como ríos.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Nuestros padres nos contaron el poder del Señor y las maravillas que realizó.

 

Ant 2. Los hijos comieron el maná y bebieron de la roca espiritual que los seguía.

 

Salmo 77 II

 

Pero ellos volvieron a pecar contra él,

y en el desierto se rebelaron contra el Altísimo:

tentaron a Dios en sus corazones,

pidiendo una comida a su gusto;

 

hablaron contra Dios: «¿podrá Dios

preparar una mesa en el desierto?

Él hirió la roca, brotó agua

y desbordaron los torrentes;

pero ¿podrá también darnos pan,

proveer de carne a su pueblo?»

 

Lo oyó el Señor, y se indignó;

un fuego se encendió contra Jacob,

hervía su cólera contra Israel,

porque no tenían fe en Dios

ni confiaban en su auxilio.

 

Pero dió orden a las altas nubes,

abrió las compuertas del cielo:

hizo llover sobre ellos maná,

les dió un trigo celeste;

y el hombre comió pan de ángeles,

les mandó provisiones hasta la hartura.

 

Hizo soplar desde el cielo el levante,

y dirigió con su fuerza el viento sur;

hizo llover carne como una polvareda,

y volátiles como arena del mar;

los hizo caer en mitad del campamento,

alrededor de sus tiendas.

 

Ellos comieron y se hartaron,

así satisfizo su avidez;

pero con la avidez recién saciada,

con la comida aún en la boca,

la ira de Dios hirvió contra ellos:

mató a los más robustos,

doblegó a la flor de Israel.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Los hijos comieron el maná y bebieron de la roca espiritual que los seguía.

 

Ant 3. Se acordaron de que Dios era su roca y su redentor.

 

Salmo 77 III

 

Y, con todo, volvieron a pecar,

y no dieron fe a sus milagros:

entonces consumió sus días en un soplo,

sus años en un momento;

 

y, cuando los hacía morir, lo buscaban,

y madrugaban para volverse hacia Dios;

se acordaban de que Dios era su roca,

el Dios Altísimo, su redentor.

 

Lo adulaban con sus bocas,

pero sus lenguas mentían:

su corazón no era sincero con él,

ni eran fieles a su alianza.

 

Él, en cambio, sentía lástima,

perdonaba la culpa y no los destruía:

una y otra vez reprimió su cólera,

y no despertaba todo su furor;

acordándose de que eran de carne,

un aliento fugaz que no torna.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Se acordaron de que Dios era su roca y su redentor.

 

V. Convertíos al Señor, vuestro Dios.

R. Porque es compasivo y misericordioso.

 

PRIMERA LECTURA

 

De la segunda carta a los Tesalonicenses 2, 1-16

 

EL DÍA DEL SEÑOR

 

Os rogamos, hermanos, que no os desconcertéis tan fácilmente por lo que toca a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él. No os alarméis ni por revelaciones carismáticas ni por palabras o carta atribuidas a nosotros, en las que se os induzca a pensar que el día del Señor es inminente.

 

Que nadie os engañe de ninguna manera; porque antes ha de venir la apostasía y ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición. El se opone y se alza contra el nombre de Dios y contra todo objeto sagrado, llegando hasta sentarse en el templo de Dios, proclamándose a sí mismo Dios. ¿No recordáis que, estando todavía entre vosotros, os decía una y otra ves estas cosas? Vosotros sabéis qué es lo que lo retiene ahora para que no se manifieste, sino hasta su tiempo. En efecto, el misterio de la iniquidad está ya en acción. Sólo falta que desaparezca de en medio el que ahora pone impedimento.

 

Entonces se revelará el hombre de la iniquidad, y Jesús lo matará con el aliento de su boca y lo aniquilará, en la manifestación de su venida. La venida del hombre de la iniquidad, por la acción de Satanás, estará acompañada de toda clase de poder, de señales e ilusorio: portentos y de todo género de maldades que seducirán a los que están en camino de perdición, por no haber acogido el amor de la verdad que los hubiera salvado. Por eso les envía Dios un poder seductor que los impulsa a creer en la mentira, y así serán condenados cuanto no dieron fe a la verdad y se complacieron en la iniquidad.

 

Nosotros debemos dar continuamente gracias a Dios por vosotros, hermanos, a quienes tanto ama el Señor. Dios os eligió desde toda la eternidad para daros la salud por la santificación que obra el Espíritu y por la fe en la verdad. Con tal fin os convocó por medio del mensaje de la salud, anunciado por nosotros, para daros la posesión de la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así pues, hermanos, manteneos firmes y guardad las enseñanzas que aprendisteis de nosotros, ya de viva voz, ya por carta. Que el mismo Señor nuestro, Cristo Jesús, y Dios, nuestro Padre, que por pura bondad nos ha amado y nos ha otorgado consuelo y aliento imperecederos y una feliz esperanza, infunda valor en vuestros corazones y los confirme en la bondad, tanto en vuestras palabras como en vuestras acciones.

 

RESPONSORIO Mt 24, 30; 2Ts 2, 8

 

R. Aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo, * y verán al Hijo del hombre venir con gran poder y majestad.

V. Entonces se revelará el hombre de la iniquidad, y Jesús lo matará con el aliento de su boca.

R. Y verán al Hijo del hombre venir con gran poder y majestad.

 

SEGUNDA LECTURA

 

De las Homilías del Pseudo-Crisóstomo

(Suplemento, Homilía 6, Sobre la oración: PG 64, 462-466)

 

LA ORACIÓN ES LUZ DEL ALMA

 

Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios, ya que por ella nos ponemos en contacto inmediato con él; y, del mismo modo que nuestros ojos corporales son iluminados al recibir la luz, así también nuestro espíritu, al fijar su atención en Dios, es iluminado con su luz inefable. Me refiero, claro está, a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón; que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche.

 

Conviene, en efecto, que la atención de nuestra mente no se limite a concentrarse en Dios de modo repentino, en el momento en que nos decidimos a orar, sino que hay que procurar también que cuando está ocupada en otros menesteres, como el cuidado de los pobres o las obras útiles de beneficencia u otros cuidados cualesquiera, no prescinda del deseo y el recuerdo de Dios, de modo que nuestras obras, como condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un manjar suavísimo para el Señor de todas las cosas. Y también nosotros podremos gozar, en todo momento de nuestra vida, de las ventajas que de ahí resultan, si dedicamos mucho tiempo al Señor.

 

La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables, deseando la leche divina, como un niño que, llorando, llama a su madre; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible.

 

La oración viene a ser una venerable mensajera nuestra ante Dios, alegra nuestro espíritu, aquieta nuestro ánimo. Me refiero, en efecto, a aquella oración que no consiste en palabras, sino más bien en el deseo de Dios, en una piedad inefable, que no procede de los hombres, sino de la gracia divina, acerca de la cual dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu mismo aboga por nosotros con gemidos que no pueden ser expresados en palabras.

 

Semejante oración, si nos la concede Dios, es de gran valor y no ha de ser despreciada; es un manjar celestial que satisface al alma; el que lo ha gustado, se inflama en el deseo eterno de Dios, como en un fuego ardentísimo que inflama su espíritu.

 

Para que alcance en ti su perfección, pinta tu casa interior con la moderación y la humildad, hazla resplandeciente con la luz de la justicia, adórnala con buenas obras, como con excelentes láminas de metal, y decórala con la fe y la grandeza de ánimo, a manera de paredes y mosaicos; por encima de todo coloca la oración, como el techo que corona y pone fin al edificio, para disponer así una mansión acabada para el Señor y poderlo recibir como en una casa regia y espléndida, poseyéndolo por la gracia como una imagen colocada en el templo del alma.

 

RESPONSORIO Lm 5, 20-21a; Mt 8, 25

 

R. ¿Porqué has de olvidarnos para siempre? ¿Porqué toda la vida abandonarnos? * Haz que volvamos a ti, Señor, y volveremos.

V. ¡Señor, sálvanos, que perecemos!

R. Haz que volvamos a ti, Señor, y volveremos.

 

ORACIÓN.

 

OREMOS,

Te pedimos, Señor, que nos ayudes a continuar animosos estos días de penitencia que acabamos de empezar y que nuestras prácticas externas de penitencia estén siempre acompañadas por la sinceridad de un corazón que desea convertirse. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén

 

CONCLUSIÓN

 

V. Bendigamos al Señor.

R. Demos gracias a Dios.

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